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jueves, 9 de septiembre de 2021

SECRETOS DEL CORAZÓN

Pilar contemplaba desde su banquillo a los niños jugando. Era algo que llevaba muchos años haciendo y le encantaba. Eran como una explosión de alegría y vitalidad que ella año a año iba perdiendo poco a poco, y esas risas y alegrías de seres tan pequeñitos y vulnerables le daban vitalidad. Metió la mano en su bolso y comenzó a buscar algo que siempre llevaba con ella. Una bolsa de plástico con migas de pan para los pajaritos. Y así pasaba parte de sus mañanas, entre mirar a los niños y los pajaritos. Era una mujer menuda y endeble. Su rostro estaba ajado y cansado, pero siempre tenía una sonrisa en su rostro que la hacía encantadora. La gente se paraba a hablar con ella muy a menudo, incluso las mamás de los niños se sentaban a su lado mientras ellos jugaban. Pilar estaba bien. Había hecho las paces con su conciencia y con la vida y ya estaba plegando las alas para que cualquier día el Señor la llamara y emprender el camino hacia ese nuevo mundo en el que ella creía. Solo tenía en su corazón una espina muy negra clavada. Fue algo que le ocurrió que nadie supo jamás. Ni tan siquiera su difunto marido.

 

En aquellos años ella era una mujer joven y hermosa, con vitalidad y alegría. Se fue de casa de sus padres en el pueblo, para trabajar en la ciudad, en casa de unos señores. Estaba contenta ya que tenía su sueldo y trabajo. Podía ayudar a sus padres y hermanos mandándoles dinero a finales de mes y ella quedarse con otra parte. Y así era feliz. Ayudaba y sobraba para que ella pudiera tener sus pequeños ahorros. Dormía en casa de los señores, y ellos  se encargaban de descontarle de su sueldo la comida y de la habitación. Era muy bien vista por sus compañeras y jefes y se sentía feliz. Pero una noche todo cambió. El hijo de los señores entró en su cuarto. Fue la peor noche de su vida. El señorito estaba borracho y por más que ella insistía en que se marchara y la dejara en paz, el señorito estaba por amargarle la vida y hacer lo que le venía en gana. La violó varias veces en toda la noche. Ella se defendió como pudo, arañándolo y gritando. Pero nadie escuchó nada. O nadie quiso escuchar nada.

 

Al día siguiente Pilar se aseó y se arregló para trabajar. Estaba decidida a no decir nada. No podía dejar a su familia sin esas monedas que ella mandaba a final de mes. Sirvió el desayuno para toda la familia y ahí parecía que no había pasado nada, aunque sus compañeras la miraban de reojo. Con el paso de las semanas Pilar intuyó que estaba embarazada. Y el paso del tiempo le dio la razón. Estaba esperando un hijo del señorito. El miedo se apoderó de ella y no sabía qué solución encontrar para resolver semejante problema. Y decidió hablar con la señora. La señora fue muy comprensiva y le aseguró que no se quedaría sin trabajo. Tendría a su hijo en esa casa, y seguiría trabajando allí el tiempo que quisiera. Y el niño, se iría con su padre. Ella aceptó el trato. No quería recordar esa noche todos los días de su vida, ni quería que ese niño le recordara lo que había ocurrido. 

 

Esa noche se escucharon gritos de los señores en el salón. El señorito lloraba pero cuánto más lloraba los padres más le gritaban. En cuánto naciera el bebé se iría con él a vivir a otro país. Tenía que sentar cabeza. Diría que estaba viudo, que perdió a su mujer en el parto y se alejaría de la que ahora era su casa.

 

Pasaron los meses y Pilar dio a luz a una preciosa niña. Era igualita que su padre. Nada más nacer se la quitaron de las manos y todo fue muy rápido. Pilar gritaba que quería verla y que no quería entregarla. Había cambiado de opinión. Tenía dos manos para trabajar. A su bebé no le faltaría de nada. Pero ya no había vuelta atrás. Se llevaron a su bebé y a se sumió en una profunda depresión. El señorito se había ido a Cuba a trabajar con su hija. Eso fue lo que le dijeron. Ella dejó su trabajo en esa casa y buscó de nuevo otro sitio donde poder trabajar. Tenía buenas recomendaciones por lo que no fue nada difícil. Y....cerró su mente e intentó el resto de su vida no recordar su pasado. Era su gran secreto. Nadie lo supo jamás. Pero ella añoraba a su hija. Intentaba no recordarla para que su corazón no se sintiera herido, pero era imposible.

 

Una mujer madura se sentó a su lado. Estaba con un bebé precioso y cuándo la miró su corazón dio un vuelco. Tenía la misma cara que ella y el señorito. Intentó entablar conversación con ella y le contó que toda su vida había vivido en Cuba. Era hija única. Su padre nunca tuvo más hijos ya que su madre había muerto en el parto. Y cuándo su padre murió en un accidente, decidió venirse a vivir a casa de sus abuelos, ya que estos habían fallecido y ella heredó la casa. Ese bebé era su nieto. Ella estaba casada y tenía dos hijas. Le dijo donde vivía (que no era otro sitio que donde Pilar había trabajado y donde su vida se derrumbó) y le dio una tarjeta, para que fuera a visitarla cuándo quisiera. Le comentó extrañada que no comprendía cómo le estaba contando toda su vida si nunca la había visto, pero que tenía un pálpito que le hacía confiar en ella.

 

 Pilar escuchaba en silencio, con el corazón acelerado. Sus manos temblaban y sus lágrimas caían por su rostro. La que estaba a su lado, era su hija. En la última etapa de su vida, había tenido la oportunidad de conocer por fin a quién tanto había extrañado, y ese secreto que había guardo en el fondo de su corazón, ahora podía gritarlo.  Se sentía dichosa y agradecida. Ahora...ya podía llamarla el señor. Estaba en paz con su vida.

 

  1. Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible (Ítalo Calvino)

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