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domingo, 11 de abril de 2021

BENDITO VIRUS

Y en pleno siglo XXI, aparece una pandemia y nos desarma, y nos desborda, y saca lo mejor y lo peor de nosotros. Los había que bajaban la basura disfrazados para alegrar la vista de vecinos, y los que rezaban en las ventanas, los que cantaban o tocaban algún instrumento. Y parecía que todos estábamos unidos por un lazo. El lazo de la solidaridad. Por ti...por mi...y por los demás. Y nos decían quedarse en casa y nos quedábamos sin rechistar. Y yo era feliz. Tenía tiempo para mis hijos, para ordenar, cocinar, descansar....independientemente del miedo y la preocupación. Pero todo cambió cuándo pudimos volver a nuestros trabajos. Yo me había quedado sin él. La empresa duró abierta pocos días y nos fuimos todos a la calle. Vivo sola con mis hijos y esta nueva realidad se me hace muy dura. De pronto me vi haciendo cola para recibir comida, sin poder comprar medicinas. La desesperación comenzaba a hacer mella en mí ya que con dos hijos y sola no podía permitirme el lujo de perder mi sueldo. Un buen día me llegó la carta del banco, la temida carta. Si no pagas...fuera. Y el miedo se adueñó de mi cuerpo y de mi mente. Mi jornada laboral se convirtió en 12 horas al día buscando trabajo. Llegaba a casa agotada, desmoralizada y hundida. Y cogía mi carro y dos días a la semana me iba a recoger a la iglesia la compra que allí nos daban. ¡Y cuánto lo agradecíamos! Fruta y verdura. Ese día iba yo agotada, con el cuerpo machacado y los pies doloridos de entregar mi curriculun por todas las partes de la ciudad. Llevaba como siempre colgando de mi cuello un cartel en el que ponía que buscaba trabajo. Se veía tanto por la parte de delante como la de atrás. Visible para todo el mundo y llamativo. Estaba en la cola de la Iglesia y pasó a mi lado una señora mayor. Se paró y me miró. Se acercó y me dijo que me hacía una entrevista de trabajo. Yo vi en ese momento el cielo azul y despejado, era la primera entrevista que me harían, y me daba igual de lo que fuera. Se sentó en un banquillo y espero a que recogiera mis alimentos. Cuando terminé me acerque a ella y le pregunté si le importaba que me sentara con ella o quería hacer algo en especial. Hablamos del único tema. Coronavirus. Hablamos de nuestras experiencias y vivencias las dos, y después de media hora hablando me dijo si quería acompañarla a su casa y allí hablaríamos con calma. Vivía en la zona centro de la ciudad. Yo iba arrastrando mi carrito con las verduras tan feliz que se me veía por todos los poros de mi piel. Yo psicóloga en una empresa, no tenía un mal trabajo, pero aceptaba todo lo que fuera. En un portal muy lujoso entramos y subimos en el ascensor. La mujer abrió la puerta y me rogó que dejara el carrito fuera y me desinfectara los zapatos. La casa era una casa antigua remodelada, preciosa. En los techos había lámparas de araña impresionantes. Los cristales deslumbraban. La decoración exquisita. Pasamos a un salón inmenso y me hizo la propuesta. Sus hijos querían ingresarla en una residencia y ella no quería. Ni en este momento ni en otro. Ella quería envejecer en su casa. Necesitaba alguien que fuera con ella al médico, a la compra, le ayudara a estar ágil mental y físicamente. Tenía una persona en casa que le hacía la limpieza y le cocinaba, pero ella quería una persona a su lado para hablar y que le acompañara cuándo salía. El sueldo era fabuloso, y el trabajo nada apabullante. Llegó mi turno de hablar. Y creo que hable demasiado. Le dije que tenía dos hijos, dos bocas que alimentar y vestir, una casa de la que me tenía que marchar porque no me podía permitir pagarla, una carrera de la cual no encontraba trabajo y una vida desmoronada. Lucía, como así se llamaba la señora, me dijo si quería ir al día siguiente y probábamos a ver si congeniábamos pero yo creo que ya lo habíamos hecho. Me despidió con un beso en la mejilla y un mañana nos vemos. Y fue el comienzo de mi nueva vida. Lucía era una mujer con clase. Educada y culta. Era fácil tener una conversación con ella de cualquier cosa. El trabajo era muy fácil de hacer con una persona como ella. Comíamos juntas y tomábamos el café en el salón, después salíamos a pasear. Con los días comencé a llevarle sus finanzas ya que era una mujer con muchos pisos de alquiler en el centro de la ciudad. Al finalizar el mes ya tenía el trabajo perfectamente aprendido e incluso hacía más cosas de las que me correspondían ya que era muy fácil trabajar con ella. Con el paso de los meses mis hijos acabaron viniendo allí a comer con nosotras. Ella decía que le encantaría que lo hiciera, ya que así a ella le darían vida y yo podría estar con ellos. Y... ¿sabéis como terminó esta historia? Nos fuimos a vivir los tres con ella. Dejamos mi piso de alquiler y nos trasladamos a su casa. Tenía 6 habitaciones y 3 baños. Era todo perfecto...no me lo podía creer. El sueldo estaba igualado al mío, ya que Lucía con el paso de los meses me lo fue subiendo ya que le hacía tareas que no me había pedido. Llevo varios meses con ella y nunca una convivencia se me hizo tan fácil. Mi sueldo integro lo ahorro. Sus hijos, cuándo se enteraron se enfadaron mucho. Pero ella me contó que no le importaba, que si no venían a verla mejor. Que solo les interesaba el dinero. Antes nunca la visitaban, tan solo para pedirle dinero prestado. Y la última novedad...ingresarla en una residencia. Somos muy felices todos. Los niños llenan la casa de alegría y vida, Lucia es una de las mejores personas que conozco y no echo de menos mi trabajo anterior. En cuánto se pueda viajar ya les prometió a los niños llevarlos a la playa. Nos iremos de vacaciones. A donde...es sorpresa!!!. Mí vida es perfecta. Cocino, a veces plancho, llevo la economía de sus finanzas, voy con ella al médico y sé lo que tiene que tomar  y estoy pendiente de su salud. Mis hijos son felices y yo también. Y a Lucía la hacemos feliz. Fue un ángel en medio de mi desesperación y solo quiero hacerle la vida fácil y felíz. Bendito virus....en mi gran tormento y desesperación...le tengo que "dar las gracias" en ese sentido. Mi vida se ordenó...tiempo para mis hijos...para hacer felíces a los demás y a mi misma. Este virus vino a enseñárme que la vida son dos días, que nos protejamos y protejamos a los demás y que intentemos ser felices.

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