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lunes, 12 de noviembre de 2018

LOS FANTASMAS




Te había ido repentinamente una mañana de otoño, y yo no supe encajar la vida sin ti. Todo dejó de tener sentido, no había alicientes...no había motivos para vivir, no había motivos para nada. Me hundí en la depresión más grande que podía imaginar. Todos los días eran noche...todos los días eran negrura, una negrura espesa y densa. La vida era difícil sin tú presencia física, sin tus consejos, sin tu amor desinteresado, sin tú compañía, sin tus risas y bromas. Era difícil emprender una nueva vida sin contar contigo. Nadie podía suplirte, nadie podía reemplazarte, nadie podía consolarme. Recuerdo una vez en la que me dijiste que aunque te murieras, harías lo posible para permanecer a mi lado, para cuidarme, para seguir amándome. Y ahora...no estabas conmigo. Te debías de haber encontrado con fuertes barreras porque yo no notaba tu presencia y eso hacía la pena más amarga. Estaba pendiente de cada cosa que ocurría a mi alrededor, cada ruido de escuchaba...siempre pensaba que eras tú mandándome señales. Señales que estabas a mi lado, señales que me avisarían de que hay otro mundo y en el que en algún momento podríamos volver a estar juntos.

Pasaban los días y el comienzo de los meses y yo seguía hundida en el lodo, en el fango. La vida no tenía sentido, estaba sola en el mundo y no encontraba ningún aliciente para seguir con mi vida. Ese día, yo miraba las pastillas que estaban encima de la mesa con cierta fijación. Elucubraba sobre cómo podía detener mi vida, pero el miedo era más poderoso que yo, y dudaba. De pronto, las dos cajas de pastillas se cayeron al suelo. ¡Ahí supe que estabas a mi lado, que por fin habías logrado alcanzarme y estabas conmigo! Habíamos hecho un pacto, si había vida después de la muerte, te pondrías en contacto conmigo. Ansiaba cada cosa distinta que ocurría en la casa, cada pequeño detalle que me llevaran a intuir que eras tú, que me protegías, que estabas a mi lado. Los días pasaban y los acontecimientos iban ocurriendo. Tirabas vasos, movías sillas, me desordenabas la ropa. Y yo era feliz, te sabía a mi lado. Una noche, creí escuchar tú voz llamándome. No quería obsesionarme pero...eras tú. Y de pronto...escuché también la voz de tú madre. ¡Hablabais entre los dos, como si yo no os escuchara! Comentabais lo desesperada que estaba, y tú madre decía que siempre había estado un poco loca, y tú pérdida me había trastornado más. Yo no sabía si reír o llorar. ¡Mi suegra también había venido! Esa noche fue divertida. Me sentí acompañada de nuevo. Estabais los dos pero se iba sumando gente, la vecina del 2 piso que se había muerto recientemente y el seño Paco, el de la tienda, que le había quedado a deber una de las facturas de la compra. Hablaron hasta el amanecer. Era un jolgorio de voces que no paraban ni un segundo. Al alba mi cabeza estallaba. Intenté irme a descansar pero los escuchaba desde la cama. Eran conversaciones divertidas y con muchas risas, pero después de varias horas se hacían agotadoras. Me quedé dormida mientras seguían parloteando. Caí en un sueño profundo y relajante. Por fin había conseguido dormir después de tantos meses. Cuándo a media mañana me desperté, seguíais hablando y yo me senté a escucharos. Quería hablar con vosotros pero no me escuchabais. Intente saber cuántos estabais allí. Erais demasiadas voces, demasiadas personas hablando. Descubrí que se habían sumado mas personas. Distinguí la voz de Maria, mi amiga, la de Pedro, y varias voces más que no era capaz de recordar. Me senté a escucharos, tú decías que eso de la muerte era un asco. Que nos vendían algo muy bonito y aquello era todo menos bonito. Pronto todas las voces comenzaron a opinar y de nuevo la jauría humana volvió a llenar la casa de voces y gritos. ¡Todos opinaban sobre la muerte y sus consecuencias y unos pisaban a otros al querer hablar! Fueron horas de cuchicheos, risas y voces en alto, hasta que finalmente me cansé y grité hasta que me dolían los pulmones. ¡No aguantaba ni una opinión más! se oyeron risas y más risas, ¡¡¡se estaban riendo de mí!! Ya era lo que me faltaba. Sonó el timbre de la puerta y era mi vecina y amiga, Ángela. Me había escuchado gritar y venía a ver si me encontraba bien. Opté por hacerla pasar y que ella misma escuchara. El silencio era abrumador. Las voces habían desaparecido. Nadie hablaba, era como si se confabulasen para hacerme quedar en ridículo. Ángela pasó un rato conmigo y yo decidí no comentarle nada ya que había un silencio absoluto en mi casa. Hablamos y le conté como te echaba de menos, a lo lejos...ligeramente...escuché una risa. Giré mi cabeza para todas partes y afiné mis oídos. Si. Se escuchaban unas risas a lo lejos. Me enfadé y elevé la voz de nuevo gritando. Ángela estaba descompuesta, mirándome con los ojos salidos de las cuencas. Yo intenté explicarle lo que estaba ocurriendo, pero ella asustada intentaba consolarme y decirme que me relajara. Fue a la cocina y me hizo una tila, en ese momento yo aproveché para reñiros, no podíais hacerme eso, Ángela iba a pensar que estaba loca. Mientras os reñía la observé de refilón mirarme desde la cocina asustada. Salió de casa asustada, descompuesta por mi forma de actuar y ahí estabais vosotros de nuevo parlamentando. Mi casa volvía a ser un bullicio de voces. A la media hora llamaron a la puerta, cuando abrí, como por arte de magia, las voces se callaron. Ángela había llamado a la ambulancia y venían los médicos. Yo me revelé e intente explicar lo que estaba ocurriendo, pero el médico parecía no hacerme caso. Intentaba hablar conmigo y me dio una pastilla y me puso una inyección. Ya no me enteré de nada más. Solo escuché la palabra esquizofrenia, y me dormí.

El médico, seguido de Ángela, abandonó la casa. Me llevaban al hospital. Tenían que ingresarme en la unidad psiquiátrica. Tenía delirios y escuchaba voces. Eso era motivo de ingreso. 

Ángela cerró la puerta de mi casa llorosa y quejumbrosa. De pronto, escuchó voces en el interior. Mechas voces a la vez, atropellándose al hablar y carcajadas muy sonoras. Abrió la puerta asustada y las voces dejaron de escucharse. Asustada cerró la puerta de nueva y de nuevo volvieron a escucharse las conversaciones en tono elevado y atropelladamente, voces de hombre y de mujer, voces alegres y voces asustadas, voces...distintas voces. Ángela desesperada, bajó las escaleras atropelladamente. Quería avisar al médico de lo que ocurría, pero...apoyo mal el pie y cayó escaleras abajo.

“Ser visto es la ambición de los fantasmas. Ser recordado, la de la muerte”. Anónimo

jueves, 6 de septiembre de 2018

EL TUTOR


"Siempre fui una niña tímida y asustadiza. Mi historia parecería la de otra niña cualquiera pero quizás más triste. Me robaron mi niñez, me despojaron de mi pudor, de mi virginidad. Mi cuerpo se llenó de odio y ansiedad, de angustia y llantos. Y también de moratones...tapados siempre debajo de las mangas de la camisa...ocultos de la vista de la gente. No recuerdo ya muy bien cuándo comenzó esto, pero era muy pequeña. Comencé en el colegio y al poco tiempo comenzó la peor pesadilla que cualquier niño pueda vivir. Mi tutor de clase era un hombre muy religioso y bondadoso. Se preocupaba de que hiciéramos nuestras tareas diarias y de enseñarnos educación y saber estar. Un  día, que estaba en el jardín, ya que era el recreo, y esperaba a que salieran todos mis amigos, él se acercó y me dijo que me llevaba a la cocina a darme un vaso de leche. Yo me puse contenta, pues le había dicho que mamá se había olvidado de meterme mi bocadillo para el recreo. Me dio la mano y fuimos andando.  Mientras andábamos él saludaba amablemente a los demás niños y profesores. Yo me sentía grande a su lado, crecida, importante. Las niñas me miraban con envidia, ya que me iba a dar ¡un vaso de leche con galletas un profesor! Pero por los caminos de la escuela, nos desviamos de la cocina y entramos en su despacho. Yo me senté en una silla, pensando que él iría a la cocina a por la leche y yo esperaría allí. Y esa fue mi primera vez. Mi primera bajada a los infiernos. Cuándo todo terminó, me amenazó con que si lo contaba algo muy malo les ocurriría a mis padres y a mi hermanita. Yo estaba muy asustada y ese día me puse muy mal. Era la temida ansiedad que me estaba devorando. No comprendía como mi profesor podía hacer esas cosas, que a mi no me gustaban, conmigo. Esa noche y muchas más...lloré mucho a escondidas de mis padres. Pasaron los días y las semanas y eso se hacía ya asiduamente. El me miraba y yo sabía que tenía que acudir a su despacho. Y volvíamos a bajar a los infiernos. Días y meses...años. Años muy duros, en los que mi familia decía que era retraída, una niña apagada, triste, sin vida. Y es que ellos no lo sabían, pero yo estaba muerta. Mi vida era ansiedad más pánico....no querer encontrar esa mirada que me decía "vamos". Mi vida se reducía a esperar...esperar a que esos ojos que yo creía bondadosos...me dijeran "vamos pequeña"  y con ese vamos...yo iría al infierno...estaría con el mismísimo demonio en la misma habitación, sus manos velludas y asquerosas me acariciarían el cabello y comenzaría así otro día de infierno inolvidable.

Me iba haciendo mayor y los abusos no paraban. Ya era como una rutina asquerosa, una bajada a los infiernos sin luchar, un vivir en este mundo sin estar presente. Pero también fui comprendiendo que eso no era lo normal, que él no tenía derecho a hacerme esas cosas ni a amenazas continuas. Me tenía atemorizada. Cuándo mi hermanita comenzó el cole, él se acercaba a ella y sonreía mirándome. Y con eso ya bastaba para saber lo que tenía que hacer. ¡¡ Basta ya!! No iba a consentir que me tocara una sola vez más. No iba a consentir que le hiciera lo mismo a mi hermana. Incluso... ¡a saber si se lo hacía a otras niñas!

Todo fue muy rápido a partir de esa decisión. Esa misma noche hablé con mis padres y les expliqué lo que llevaba años pasando. Fue un drama. Mamá y papá lloraban sin cesar. Papá solo daba vueltas diciendo cosas terribles. Llamaron a mis tíos que enseguida tomaron la iniciativa en todo. Primero a la policía. Y ya fue todo encadena. De allí al hospital donde se confirmó que yo no mentía. Y ese fue casi mi final de estos abusos que rompieron mi vida en ese momento. El profesor fue juzgado y declarado culpable de los abusos. No era yo sola, había más alumnas, y cuándo yo lo denuncié, las demás niñas hicieron lo mismo. Fue un autentico bombazo en la ciudad y en el colegio, fue un autentico drama para todas. Pero hicimos lo que teníamos que hacer. Pararlo.

Hoy se puede decir que soy una mujer que vive feliz pero no olvida. Me dedico a dar charlas en los colegios de forma altruista. Intento que nadie se calle ni un solo día cuándo ocurren estas cosas, y os animo a las personas que veis o vivís algo similar...que denunciéis. Esos mounstros merecen su castigo. Su bajada a los infiernos."

'En cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado, contiene sueños' (Mirko Badiale).

"Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo". (Alie Wiesel)

Leer más en: http://crecimiento-personal.innatia.com/c-frases-para-reflexionar/a-10-frases-contra-la-violencia-5697.html
"Un niño no es un juguete, es la más grande manifestación de la naturaleza, la divinidad y la inocencia en todo su noble esplendor… ámalo, cuídalo, cultívalo; NO lo violentes, pues no merece sufrir por tus falencias". (Anónimo)

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"Un niño no es un juguete, es la más grande manifestación de la naturaleza, la divinidad y la inocencia en todo su noble esplendor… ámalo, cuídalo, cultívalo; NO lo violentes, pues no merece sufrir por tus falencias". (Anónimo)

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"Un niño no es un juguete, es la más grande manifestación de la naturaleza, la divinidad y la inocencia en todo su noble esplendor… ámalo, cuídalo, cultívalo; NO lo violentes, pues no merece sufrir por tus falencias". (Anónimo)

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martes, 28 de agosto de 2018

INTERNET

Puedo decir a ciencia cierta, que era una persona feliz. No buscaba nada ni a nadie. Soy un hombre viudo, sin hijos, sin familia, pero era feliz. Tengo muchas amistades relacionadas casi todas con mi trabajo. Como todos los días fuera, viajo mucho, siempre con compañeros, tenemos cenas a menudo. Era feliz en los últimos años de mi vida, ya superada la muerte de mi mujer, y en paz con el mundo...me dedico a vivir estos años que me quedan.

Cierto día, me sonó la campana en una de mis redes sociales, de aceptación de amistad. La iba a rechazar pero al final me dije a mi mismo que sería otra persona más en una red que casi no utilizo. ¡Pero estaba muy equivocado! Resultó ser una mujer de mediana edad, bellísima, culta y con ganas de hacer amigos, ya que llevaba poco tiempo en la ciudad y buscaba gente con la que compartir un café...un cine o una lectura de un libro en un parque. Durante semanas hablábamos todas las noches, de arte, de música clásica, de política. Era una mujer impresionante. Cualquier tema que tocaba...ella estaba al día en todo. Era como si de pronto, mi media naranja apareciera en una pantalla. Mis amigos me tomaban el pelo y se reían de mí, avisándome de que internet es un mundo distinto al que nosotros estamos acostumbrados. Ese fue el momento en el cual me dije que la tenía que conocer, no vaya a ser que en vez de Marta...en realidad sea Pedro.

Y así concertamos una cita en mi casa. ¿Soy bobo? .Ahora lo sé. Esa tarde vino y era una mujer espectacular, mucho más hermosa que en las fotos. Pasamos la tarde en mi casa y yo le mostré orgulloso todas mis obras de arte. No había nada que temer. Era una mujer fabulosa. Tenía interés por todo lo que yo hablaba y le mostraba. Vimos mis cuadros detalladamente, mis esculturas. No, no soy millonario, pero se puede decir que casi. Mis obras de arte son heredadas pero otras las fuimos comprando mi mujer y yo.

Esa semana Marta pasaba asiduamente por mi casa. Generalmente traía la prensa y yo la ojeaba mientras ellas se sentaba a mi lado e íbamos comentando noticias. A finales de semana yo le había dicho que yo tenía una cacería, con unos amigos. Nos iríamos el fin de semana como hacíamos muchas veces. Pero prometí que en cuanto llegara la llamaría. Estaba  muy ilusionado con esa nueva amistad que pensaba que podría ser otra cosa, podríamos terminar en una relación seria. Yo tenía mi vida realizada y podría darle a ella estabilidad, tanto económica como sentimental. Ella parecía que a mi lado se encontraba a gusto también. Veríamos como se iba desarrollando todo.

A la vuelta de la cacería, nada más meter la llave en la puerta de casa, vi que me habían desvalijado. Habían entrado a robar y se habían llevado mis mayores tesoros. Mi herencia. Mis cuadros, mis obras. Llamé inmediatamente a la policía y cuándo llegaron comprobamos que me faltaba desde el dinero hasta las joyas de mi mujer, a parte de los cuadros y otras muchas cosas. Mi dolor era inmenso. Estaba abatido y triste. Los abrigos de piel de mi mujer...sus joyas...sus cosas...todo había sido tocado y revuelto y por supuesto se lo habían llevado. Puse la denuncia en la comisaría e inmediatamente llamé a a Marta. El teléfono estaba apagado. Nunca más lo volvió a encender. Había sido engañado como un tonto, y mi estupidez había servido para que esa "señora" se hiciera con toda mi casa y mis pertenencias.

En uno de mis múltiples viajes al extranjero con mis amigos, un día vi a una mujer espectacular. Iba andando por la acera de enfrente, alta y erguida. Me fijé en ella porque se me hizo conocida. Cambié de acera y me puse detrás de ella. El abrigo de piel era idéntico al de mi mujer. Lo reconocería en cualquier parte ya que lo hicieron para ella a su antojo. La llamé por su nombre. Marta. Pero no se giró. Pasé a su lado y de reojo la miré. Era ella. El mundo es un pañuelo. Allí estaba paseando con el abrigo de mi mujer y las joyas de otra. Era una vulgar ladrona. Entró en un café y se sentó. Yo mientras estaba afuera llamando a la policía, y observaba como abría su tableta y comenzaba a hablar con alguien. La historia se repetía.

La desconfianza y la precaución son los padres de la seguridad. -Benjamín Franklin.

martes, 12 de junio de 2018

EL DEPREDADOR


Tus ojos inyectados en sangre, tus manos temblorosas. Tú cuerpo desprendía un olor fétido y tú aliento era nauseabundo. Ese era el comienzo de que querías ir a buscar a tú presa. Últimamente estaba siendo más a menudo de lo normal, y te lanzabas con tú instinto asesino a por la primera que encontraras. Sin distinción de edades. Las mirabas detenidamente y te lanzabas ciego de ansiedad a por ellas. Todas seguían un patrón muy similar, prostitutas de barrios bajos, solas, abandonadas a su suerte y al destino, perdidas de toda realidad e inmersas en un mundo peligroso. Pero ahí estaba yo...pequeña y delgada, poca cosa...pero sería la encargada de parar esa oleada de asesinatos que estabas cometiendo.

Estábamos avisadas por los gendarmes de que las prostitutas estábamos en el ojo de mira de un depredador incansable. Todas teníamos miedo pero no por ello dejábamos de salir a la calle. Ésa noche hacía mucho frío y había nevado, poca gente andaba por la calle ya a esas horas, salvo los perros y nosotras. Te acercaste a mí sigilosamente. Saliste de la nada, de la niebla. Ni oí tus pasos a pesar de estar sobre aviso. Te miré a los ojos y supe que eras tú, y que venías a por mí. No tenía mucho que perder y así te lo dije, me harías un favor. Te animé a hacerlo, te hablé de mi mierda de vida, mientras tus manos se acercaban a mi cuello pero permanecieron quietas, solo te olía y tú me escuchabas. Parecía que lo que oías no te motivaba, parecía que te habías quedado petrificado y que yo era tú antídoto contra tus asesinatos. Mis ojos lloraban como los de muchas otras mujeres que mataste, pero los míos lloraban de alegría al saber que por fin mi sufrimiento se terminaría. No te rogué, no te imploré, no te supliqué. Solo te lo pedí por favor, te pedí que me ayudaras de dejar este mundo. Tus manos fueron bajando lentamente de mi cuello. Olía tu aliento, era peor que el olor de una cloaca, pestilente. Tú cabeza giraba lentamente y me miraba  como si no comprendieras que estaba ocurriendo, mientras yo seguía rogándote que me mataras. Pero no lo hacías, solo me contemplabas, girando la cabeza de un lado a otro. Tú idea era dejarme vivir. Vivir porque yo quería morir. Así de sencillo era todo. Y en vez de alejarme yo...te fuiste alejando tú...y comenzó a correr aire limpio...aire frío y renovado, sin olor a cloaca, sin el olor a tú sudor que clamaba sed de sangre. Y la luz de la farola alumbró tú cara, y te vi, vi tus ojos llenos de angustia y miedo. Te ibas alejando poco a poco, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Pero yo no te podía dejar ir...por toda la gente que habías matado...y por la que seguirías matando si no hacía nada. Y grité y grité tan fuerte como pude mientras tú seguías parado observándome. Y las ventanas se abrieron y los gendarmes corrían, oía sus pisadas y sus gritos. Venían hacia nosotros, hacía ti y hacia mí. Para uno de los dos esta iba a ser su última noche. Y antes de que sonara un disparo, diste un salto, y volvía ese olor nauseabundo a meterse dentro de mí. Habías sacado un cuchillo y me lo habías clavado en el corazón, mientras a lo lejos se oía un disparo y el aire estaba infectado de un olor pestilente que inundaba todo mi ser. Y te miré…en un instante te vi caer…a mi lado…y la oscuridad se cernió sobre los dos, dejando la acera impregnada con olor a sangre…a muerte…a cloaca…
 Esta noche...ninguno de los dos viviríamos.

¿Miedo a la muerte? Uno debe temerle a la vida, no a la muerte.
Marlene Dietrich (1901-1992) Actriz y cantante alemana.

lunes, 28 de mayo de 2018

INSTINTO ANIMAL


Es asombroso el mundo animal. Yo nunca había querido tener animales, no tenía nada en contra de ellos pero tampoco tenía nada a favor. Un día apareció un perro en el jardín de casa y se armó el gran revuelo. Mis hijos se pusieron taquicardicos y mi mujer histérica cuándo yo le daba alas al perro para que saliera de nuestra parcela. Yo observaba la escena como abducido, sin comprender que les ocurría a todos y  sin comprender que me estaban queriendo decir.  Decían que el perro se tenía que quedar con nosotros. Absurdo. Y el animal miraba con esos ojos grandes como platos y meneando la cola, como sabiendo lo que querían decir. Al final cedí pero solo por esa noche, el perro se había perdido y tenía que encontrar su camino al día siguiente. Esa noche lo dejaríamos dormir en el garaje. Se formó un griterío tremendo. Enseguida aparecieron los vecinos en la parcela y todo el mundo era a felicitarnos por nuestra nueva adquisición. ¡Era alucinante ver como sacaban las cosas del tiesto! Yo había dicho solo esa noche y así sería. Mis hijos y mi mujer pasaron la tarde jugando con ese animalito peludo, que para ser realistas, digamos que era bonito. Pasaron la tarde muy divertida mientras yo leía mis libros y los observaba desde la terraza. Se iba acercando la noche y ya comenzaron los problemas. El perro no podía dormir solo en el garaje. Era un pecado. ¡Un pecado ni más ni menos! A mi familia de pronto los estaban abduciendo. Era incomprensible que dijeran tantas tonterías por segundo. Me fui a la cama muy enfadado diciéndoles que al día siguiente el perro se iba y que tenía que dormir en el garaje. Esa noche me acosté realmente disgustado. No quería más responsabilidades y no quería un animal en casa. Me quede dormido mientras abajo los oía reírse y llamarlo por un nombre estúpido que le acababan de poner. Decisión unánime. El perro se llamaría Papi. Le pusieron el nombre para una noche.

En mitad de la noche, me desperté y me levanté a tomar un vaso de leche. Me había desvelado pensando en el perro. Salí de la cama y como hacía siempre, lo hice con la luz apagada. Tropecé con algo y me asustó. Ese algo comenzó a correr y a gemir. ¡Creo que le había pisado la cola al perro! ¡Qué demonios hacía el perro en mi habitación y al lado de mi cama! Encendí la lámpara pequeña y el perro estaba en la mitad de la habitación mirándome fijamente y moviendo la cola. Este perro era tonto. Comencé a decirle que saliera de la habitación como si de un hijo mío se tratara. Yo le explicaba que tenía que salir que ahí no podía estar, pero el me miraba y seguía moviendo el rabo. Cansado fue a ponerme un vaso de leche y el vino detrás de mí. Mientras tomaba la leche él estaba sentado a mi lado sin moverse y hasta tenía cara de risa. O me tomaba el pelo o no comprendía a ese perro. Pero ese fue el comienzo de una preciosa amistad. Ese perro a partir de ese día no se movió de mi lado. Éramos inseparables. ¿Como lo logró? Creo que me embrujó. Ese perro me conquistó a las pocas horas de llegar a casa. A partir de ese momento, nunca nos separamos. Si yo leía el estaba a mi lado en el sillón. Si me bañaba en la piscina, yo o cualquiera de mi familia, el estaba en el borde, siempre vigilante, siempre alerta. Era el mejor amigo que podíamos tener cualquiera de los de casa, lo mejor que nos había pasado.

Un día de otoño, Papi, estaba nervioso, agitado. No paraba de dar vueltas y lo que más me llamaba la atención es que no se separaba de mi hija la pequeña. Pasó el día jugando con ella y dándose mimos mutuamente. Yo tenía cosas que preparar ya que el calor ya había remitido y entre las cosas pendientes era cerrar la piscina hasta el próximo año, preparar un juicio que tenía pendientes y otras cosillas más de la casa. La mayor estaba estudiando y mi mujer haciendo un trabajo en el ordenador. Todos estábamos en casa al cuidado de los dos Papis. De pronto, los ladridos de Papi llamaron mi atención. Eran ladridos fuertes, continuos, desesperados. Tiré con todo lo que estaba haciendo ya que sabía que mi gran amigo me estaba avisando de algo. Mónica, mi hija pequeña, estaba en la piscina. Se había caído y no podía salir ya que se había dado un golpe en la cabeza. Si no llega a ser por él...la niña podía haberse muerto. Si el no hubiese ladrado, nadie se hubiese dado cuenta de lo que ocurría.

Todo quedó en un gran susto. A mi hija no le pasó nada más que vigilancia una temporada, unas pruebas por el golpe y todo bien. Pero Papi...se convirtió en el rey de la casa, en el rey del Mambo. Fue el niño mimado ...era nuestro pequeño amigo y guardián de la familia. Nosotros nos encargaríamos de que el tiempo que viviera Papi fuera el perro más feliz del mundo.

Hay tres amigos fieles, una esposa anciana, un perro viejo y dinero contante y sonante. (Benjamín Franklin)