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martes, 12 de junio de 2018

EL DEPREDADOR


Tus ojos inyectados en sangre, tus manos temblorosas. Tú cuerpo desprendía un olor fétido y tú aliento era nauseabundo. Ese era el comienzo de que querías ir a buscar a tú presa. Últimamente estaba siendo más a menudo de lo normal, y te lanzabas con tú instinto asesino a por la primera que encontraras. Sin distinción de edades. Las mirabas detenidamente y te lanzabas ciego de ansiedad a por ellas. Todas seguían un patrón muy similar, prostitutas de barrios bajos, solas, abandonadas a su suerte y al destino, perdidas de toda realidad e inmersas en un mundo peligroso. Pero ahí estaba yo...pequeña y delgada, poca cosa...pero sería la encargada de parar esa oleada de asesinatos que estabas cometiendo.

Estábamos avisadas por los gendarmes de que las prostitutas estábamos en el ojo de mira de un depredador incansable. Todas teníamos miedo pero no por ello dejábamos de salir a la calle. Ésa noche hacía mucho frío y había nevado, poca gente andaba por la calle ya a esas horas, salvo los perros y nosotras. Te acercaste a mí sigilosamente. Saliste de la nada, de la niebla. Ni oí tus pasos a pesar de estar sobre aviso. Te miré a los ojos y supe que eras tú, y que venías a por mí. No tenía mucho que perder y así te lo dije, me harías un favor. Te animé a hacerlo, te hablé de mi mierda de vida, mientras tus manos se acercaban a mi cuello pero permanecieron quietas, solo te olía y tú me escuchabas. Parecía que lo que oías no te motivaba, parecía que te habías quedado petrificado y que yo era tú antídoto contra tus asesinatos. Mis ojos lloraban como los de muchas otras mujeres que mataste, pero los míos lloraban de alegría al saber que por fin mi sufrimiento se terminaría. No te rogué, no te imploré, no te supliqué. Solo te lo pedí por favor, te pedí que me ayudaras de dejar este mundo. Tus manos fueron bajando lentamente de mi cuello. Olía tu aliento, era peor que el olor de una cloaca, pestilente. Tú cabeza giraba lentamente y me miraba  como si no comprendieras que estaba ocurriendo, mientras yo seguía rogándote que me mataras. Pero no lo hacías, solo me contemplabas, girando la cabeza de un lado a otro. Tú idea era dejarme vivir. Vivir porque yo quería morir. Así de sencillo era todo. Y en vez de alejarme yo...te fuiste alejando tú...y comenzó a correr aire limpio...aire frío y renovado, sin olor a cloaca, sin el olor a tú sudor que clamaba sed de sangre. Y la luz de la farola alumbró tú cara, y te vi, vi tus ojos llenos de angustia y miedo. Te ibas alejando poco a poco, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Pero yo no te podía dejar ir...por toda la gente que habías matado...y por la que seguirías matando si no hacía nada. Y grité y grité tan fuerte como pude mientras tú seguías parado observándome. Y las ventanas se abrieron y los gendarmes corrían, oía sus pisadas y sus gritos. Venían hacia nosotros, hacía ti y hacia mí. Para uno de los dos esta iba a ser su última noche. Y antes de que sonara un disparo, diste un salto, y volvía ese olor nauseabundo a meterse dentro de mí. Habías sacado un cuchillo y me lo habías clavado en el corazón, mientras a lo lejos se oía un disparo y el aire estaba infectado de un olor pestilente que inundaba todo mi ser. Y te miré…en un instante te vi caer…a mi lado…y la oscuridad se cernió sobre los dos, dejando la acera impregnada con olor a sangre…a muerte…a cloaca…
 Esta noche...ninguno de los dos viviríamos.

¿Miedo a la muerte? Uno debe temerle a la vida, no a la muerte.
Marlene Dietrich (1901-1992) Actriz y cantante alemana.

lunes, 28 de mayo de 2018

INSTINTO ANIMAL


Es asombroso el mundo animal. Yo nunca había querido tener animales, no tenía nada en contra de ellos pero tampoco tenía nada a favor. Un día apareció un perro en el jardín de casa y se armó el gran revuelo. Mis hijos se pusieron taquicardicos y mi mujer histérica cuándo yo le daba alas al perro para que saliera de nuestra parcela. Yo observaba la escena como abducido, sin comprender que les ocurría a todos y  sin comprender que me estaban queriendo decir.  Decían que el perro se tenía que quedar con nosotros. Absurdo. Y el animal miraba con esos ojos grandes como platos y meneando la cola, como sabiendo lo que querían decir. Al final cedí pero solo por esa noche, el perro se había perdido y tenía que encontrar su camino al día siguiente. Esa noche lo dejaríamos dormir en el garaje. Se formó un griterío tremendo. Enseguida aparecieron los vecinos en la parcela y todo el mundo era a felicitarnos por nuestra nueva adquisición. ¡Era alucinante ver como sacaban las cosas del tiesto! Yo había dicho solo esa noche y así sería. Mis hijos y mi mujer pasaron la tarde jugando con ese animalito peludo, que para ser realistas, digamos que era bonito. Pasaron la tarde muy divertida mientras yo leía mis libros y los observaba desde la terraza. Se iba acercando la noche y ya comenzaron los problemas. El perro no podía dormir solo en el garaje. Era un pecado. ¡Un pecado ni más ni menos! A mi familia de pronto los estaban abduciendo. Era incomprensible que dijeran tantas tonterías por segundo. Me fui a la cama muy enfadado diciéndoles que al día siguiente el perro se iba y que tenía que dormir en el garaje. Esa noche me acosté realmente disgustado. No quería más responsabilidades y no quería un animal en casa. Me quede dormido mientras abajo los oía reírse y llamarlo por un nombre estúpido que le acababan de poner. Decisión unánime. El perro se llamaría Papi. Le pusieron el nombre para una noche.

En mitad de la noche, me desperté y me levanté a tomar un vaso de leche. Me había desvelado pensando en el perro. Salí de la cama y como hacía siempre, lo hice con la luz apagada. Tropecé con algo y me asustó. Ese algo comenzó a correr y a gemir. ¡Creo que le había pisado la cola al perro! ¡Qué demonios hacía el perro en mi habitación y al lado de mi cama! Encendí la lámpara pequeña y el perro estaba en la mitad de la habitación mirándome fijamente y moviendo la cola. Este perro era tonto. Comencé a decirle que saliera de la habitación como si de un hijo mío se tratara. Yo le explicaba que tenía que salir que ahí no podía estar, pero el me miraba y seguía moviendo el rabo. Cansado fue a ponerme un vaso de leche y el vino detrás de mí. Mientras tomaba la leche él estaba sentado a mi lado sin moverse y hasta tenía cara de risa. O me tomaba el pelo o no comprendía a ese perro. Pero ese fue el comienzo de una preciosa amistad. Ese perro a partir de ese día no se movió de mi lado. Éramos inseparables. ¿Como lo logró? Creo que me embrujó. Ese perro me conquistó a las pocas horas de llegar a casa. A partir de ese momento, nunca nos separamos. Si yo leía el estaba a mi lado en el sillón. Si me bañaba en la piscina, yo o cualquiera de mi familia, el estaba en el borde, siempre vigilante, siempre alerta. Era el mejor amigo que podíamos tener cualquiera de los de casa, lo mejor que nos había pasado.

Un día de otoño, Papi, estaba nervioso, agitado. No paraba de dar vueltas y lo que más me llamaba la atención es que no se separaba de mi hija la pequeña. Pasó el día jugando con ella y dándose mimos mutuamente. Yo tenía cosas que preparar ya que el calor ya había remitido y entre las cosas pendientes era cerrar la piscina hasta el próximo año, preparar un juicio que tenía pendientes y otras cosillas más de la casa. La mayor estaba estudiando y mi mujer haciendo un trabajo en el ordenador. Todos estábamos en casa al cuidado de los dos Papis. De pronto, los ladridos de Papi llamaron mi atención. Eran ladridos fuertes, continuos, desesperados. Tiré con todo lo que estaba haciendo ya que sabía que mi gran amigo me estaba avisando de algo. Mónica, mi hija pequeña, estaba en la piscina. Se había caído y no podía salir ya que se había dado un golpe en la cabeza. Si no llega a ser por él...la niña podía haberse muerto. Si el no hubiese ladrado, nadie se hubiese dado cuenta de lo que ocurría.

Todo quedó en un gran susto. A mi hija no le pasó nada más que vigilancia una temporada, unas pruebas por el golpe y todo bien. Pero Papi...se convirtió en el rey de la casa, en el rey del Mambo. Fue el niño mimado ...era nuestro pequeño amigo y guardián de la familia. Nosotros nos encargaríamos de que el tiempo que viviera Papi fuera el perro más feliz del mundo.

Hay tres amigos fieles, una esposa anciana, un perro viejo y dinero contante y sonante. (Benjamín Franklin)

lunes, 19 de marzo de 2018

PRESENTIMIENTOS


Relato de ficción.

Toda la vida he tenido presentimientos y siempre eran acertados. Me moví toda mi vida por lo que intuía. Mis padres sabían lo que me ocurría y muchas veces me preguntaban qué era lo que iba a ocurrir. Yo siempre decía lo mismo, que no era un brujo. A veces presentía y otras no. Por ejemplo, cuándo murió la abuela, mi perro estaba triste y alicaído, no se movía del lado de la abuela y estaba más cariñoso de lo normal. Yo lo observaba y después de un rato presentí que algo le iba a ocurrir a la abuela. Se lo avisé a mi madre, le dije que a la abuela le quedaban horas de vida y siempre me lo agradeció mucho, ya que le dio tiempo a  aprovechar las pocas horas que le quedaban de vida con ella. La abuela no estaba enferma, lo único que tenía era edad, era muy mayor. Por eso en un principio mis padres decían que igual me equivocaba, pero yo miraba al perro y presentía que no. Que la abuela se moría. Y así fue. Esa misma noche la abuela falleció. Otras veces, no presentía nada. Un día mi hermano, se subió a un árbol y se cayó desde una gran altura. Mis padres siempre me echaron en cara que no la había presentido. Que no era tan vidente como yo me creía, ya que mi hermano se rompió las dos piernas. Y no...No lo presentí. Mi intuición y mis presentimientos no estaban presentes ese día. Algo había fallado.

Y ahora me estaba poniendo muy nervioso porque el perro, el maldito perro, no paraba de lamerme y de estar a mi lado. Presentía que algo me iba a ocurrir, lo mismo que le había pasado a la abuela. Me pasé todo el día triste y agitado. Se lo dije a papá y a mamá. Presiento que algo me va a ocurrir. Ellos me dijeron que ese día no me moviera de casa y que estuviera a su lado todo el tiempo. Y así hice. Pero el maldito perro no paraba de lamerme y me ponía nervioso. Era mi perro, me lo habían regalado a mí, pero me estaba sacando de mis casillas. Sabía que algo me iba a ocurrir, lo presentía. Pero no sabía lo que era. No quería ni comer por si me atragantaba. Mamá me machacó la comida con un tenedor para evitar sustos, ya que yo no estaba enfermo ni me encontraba mal. Cuándo el sol ya se estaba ocultando, se levantó un ligero viento que mecía las hojas de los árboles y los maizales. El suave ruido hizo que me quedara dormido en el sillón, y soñara con muertos y cementerios, con brujas y dragones y con el cielo y el infierno. Soñé que no sabía a dónde me iba y quedaba en el medio, esperando contestación y entrada para una de las partes. Me desperté sudoroso y asustado. Estaba aterrado. Me agarré a mi perro, que estaba durmiendo conmigo. El siempre me transmitía paz y sosiego. Pero fue como agarrar a una marioneta. El perro estaba desmadejado y tibio. Lo contemple en silencio antes de comenzar a gritar como un loco. Mi perro...había fallecido. El quería avisarme de que el que se iba era él, pero yo, pensando en que era yo el que presentía...no había disfrutado los últimos momentos de su vida. 

Yo no presentía nada, era él siempre el que me avisaba y yo me lo atribuía, en mi mente de crío. Quería hacerme el importante y hasta me lo llegué a creer. Fue mi fiel compañero de la niñez y me enseñó muchas cosas, entre ellas...que yo de vidente tenía muy poco. El...si que tenía un sexto sentido. Aún hoy en día lo echo de menos.

El perro sabe, pero no sabe que sabe.
Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) Filósofo y teólogo francés.


"Después del perro, el libro es el mejor amigo del hombre" (Groucho Marx)

jueves, 1 de marzo de 2018

TE QUIERO ABUELA


Relato de ficción.

La abuela siempre miraba por la ventana frotándose las manos.  La recuerdo con su mandilón y pañuelo negro en la cabeza. Era una mujer fuerte y trabajadora. Siempre habíamos vivido con ellos, mis padres y nosotras, en casa de los abuelos. Cuándo el abuelo murió, ella tomó el mando de todo como si lo hiciera de toda la vida. Salía de madrugada a llevar las vacas a pastar, después las ordeñaba y atendía al resto de los animales. Nos encantaba cuándo les daba de comer a las gallinas y las llamaba al grito de "pitassss pitassss" y ellas acudían como locas a buscar el maíz que les daba la abuela. El abuelo, unos años antes de ponerse enfermo, había construido con papá un establo muy grande para los animales y un granero donde las gallinas podían andar en libertad. Bueno, lo de la libertad...es un decir. Nosotras siempre las estábamos persiguiendo y corriendo detrás de ellas. Nos encantaba jugar con los animales, y aunque la abuela se enfadaba, nosotras ya sabíamos que no se enfadaba demasiado por las muecas que ponía. Mis padres, al principio los ayudaban mucho y entre los cuatro llevaban la granja y de eso vivíamos. Nosotras también teníamos nuestra tarea. Ir a recoger los huevos. Nos encantaba. Y eso que a veces nos reñían porque siempre nos caía alguno. Era una etapa feliz hasta que el abuelo murió y la abuela se hizo con toda la granja y papá y mamá decidieron emigran en busca de trabajo para poder darnos una vida mejor a todos. Incluida la abuela. Decían que allí no había futuro, e hicieron las maletas y se fueron, así podrían trabajar y nosotras hacerle compañía a la abuela y cuidarla si era necesario. Siguieron siendo unos años muy dulces y tiernos, pero a la vez muy duros. Los inviernos se hacían muy largos  y ya no teníamos al abuelo que cortara la leña. Lo hacíamos entre las tres como podíamos. Éramos como una piña, cada una de nosotras estaba siempre pendiente de la otra. Y la abuela era quién llevaba la batuta en las decisiones finales. Nos enseñaba a querernos y respetarnos, nos enseñó la alegría de vivir y la constancia en el trabajo, era nuestra hada madrina, nuestro referente, nuestro ejemplo a seguir.

 Trabajábamos mucho y muy duro, pero al igual que nosotras teníamos que comer, los animales también.  De cuándo en cuándo, llegaban cartas de nuestros padres.  A la misma hora, siempre mirábamos para el camino mi hermana y yo, siempre pendientes del silbido del cartero y su agitar la carta llamándonos con alegría. El recorría mucho camino para traernos la carta de papá y mamá. En cuánto lo oíamos salíamos corriendo y nos agarrábamos a él intentando cogerle la carta. La abuela lo obsequiaba con un vaso de leche recién ordeñada y le hacía un paquete siempre con un trozo de queso para que el camino se le hiciera más llevadero. Los veranos allí eran hermosos, el campo se ponía de un verde precioso y las flores comenzaban a brotar en distintos colores. La alegría comenzaba a reinar en la granja ya que con el buen tiempo teníamos que dejar la ardua tarea de cortar la leña, y teníamos más tiempo para jugar entre nosotras y las risas eran nuestras compañeras del largo día. La abuela siempre estaba contenta. Era una mujer fuerte y alegre a pesar de la vida que llevaba. Ella siempre decía que era feliz de poder estar con nosotras, eso le daba energía y alegría para encajar cada día. Era bondadosa y trabajadora. Igual que mi padre. Tenían un carácter similar. Ella se iba con las vacas de madrugada a que pastaran en los campos, y a la vuelta siempre nos llevaba a la cama un trozo de pan con mantequilla y un vaso de leche. Así era mi abuela. Nunca se cansaba de trabajar. Pero ella era feliz de esa forma. Los días grises y fríos del invierno, ella nos contaba historias y nos leía siempre el mismo libro, gastado y viejo, que ella guardaba con esmero, ya que había sido de su padre, y era donde ella aprendió a leer, La hija del mar, de Rosalía de Castro. Nosotras la escuchábamos con mucha atención, a pesar de sabernos casi el libro de memoria, nos seguía apasionando la historia de la protagonista, Teresa.
La abuela convertía las tardes invernales en momentos deseados, y los días conseguía transformarlos en campos de flores, donde habitan mariposas y hadas y nosotras éramos las princesas del cuento.


Fueron pasando los meses y los años, y un día aparecieron nuestros padres. Cuándo los vimos venir por el camino no nos lo podíamos creer. Era toda una sorpresa. No nos habían dicho nada y de pronto ahí estaban, subían por el camino de piedras. Mamá parecía una señora y papá todo un caballero. Corrimos las tres hacía ellos  La alegría nos desbordaba a todas y queríamos saber cómo era esa gran ciudad y como habían pasado estos años. Pasamos muchos días escuchando sus historias, emocionantes todas, risas y llantos se juntaban. Por fin estábamos de nuevo todos juntos. Pero...la cara de la abuela iba cambiando día a día. Era como si presintiera lo que iba a ocurrir. Papá y mamá habían venido para comenzar todos juntos, una nueva vida en la ciudad. Habían venido a buscarnos a las tres. Ellos ya tenían sus planes. La granja con los animales se vendería y nos iríamos todos a vivir a una casa grande, donde no tendríamos que pasar frío, ni madrugar en invierno para llevar las vacas a pastar. La vida sería más cómoda y por fin podrían darle a la abuela lo que se merecía después de tanto sacrificio. Una nueva vida. Pero las cosas no salieron como ellos tenían pensado. La abuela no quería irse de allí. Decía que ella allí era feliz, con sus animales, con sus cosas. Había vivido ahí siempre con el abuelo y con papá y después con todos nosotros. No conocía otra vida más que esa y no quería cambiarla por confort ni por ninguna ciudad. Mi abuela lo había sido todo para nosotras, nuestro sustento y nuestra alegría, nuestra madre y nuestro padre. Yo no me iría. Y eso mismo hice. Mis padres y mi hermana se fueron, pero yo me quedé con ella cuidándola y mimándola como ella había hecho con nosotras. Fueron años distintos y más relajados.  El cartero siempre venía con paquetes que nos mandaban mis padres. Había cosas que no cambiaban...  Ella nos había enseñado a leer y yo ahora pasaba las tardes leyéndole. Mis padres nos mandaban todos los meses paquetes con comida, libros y revistas. Pasábamos muchas horas leyendo y creo que la abuela fue muy feliz esos años en los que yo permanecí a su lado, envolviéndola con cariño y amor, devolviendo todo lo que ella había hecho por mi familia. La vida al fin y al cavo...es dar y devolver sin compromiso, sin obligaciones, es devolver con amor. Ella había convertido nuestros días en hermosas experiencias y yo convertía sus tardes, en amenas sesiones de lectura, donde ella era la protagonista de los libros, la heroína, la diosa, la princesa y la mujer más hermosa. Por las tardes ella era la protagonista del libro, al igual que ella había sido la actriz principal de nuestra vida.

Nadie puede hacer por los niños pequeños lo que hacen los abuelos. Los abuelos tienden a rociar polvo de estrellas sobre la vida de los niños pequeños.Alex Haley