Seguidores

jueves, 5 de noviembre de 2020

AQUEL DÍA

AQUEL DIA

 Era un día grisáceo y mi humor estaba igual que el tiempo. Tenía un día por delante lleno de tareas imposibles de delegar. A última hora se me había estropeado el coche y tenía que coger un transporte público para ir a la oficina. Eso era el remate final de un día que aparentaba gris, atareado y aburrido. Saqué el billete y me senté. La estación estaba llena, gente corriendo, ensimismada en sus tareas, en sus quehaceres, y sus vidas. Observe a la gente y me di cuenta de que todos teníamos un ritmo de vida muy acelerado, no teníamos ni tiempo para observar. Clavé mi mirada en dos ancianos que estaban sentados enfrente de mí. Él le tenía la mano agarrada fuertemente  a ella y de cuándo en cuándo le apartaba los mechones de pelo que parecían querer entrarle en los ojos. Él le comentó algo y ella sonrió con dulzura. Parecía estar en otro mundo, un mundo lleno de paz y tranquilidad. Volví a mirar a mí alrededor y solo se escuchaban teléfonos móviles sonando...conversaciones en tonos elevados...prisas...carreras y malas caras, entre ellas la mía. Miré a una pareja joven que estaba de pie. Ella le gritaba a él algo de las redes sociales y de una amistad con alguien, a lo que él respondía enfadado y con gritos que no era de su incumbencia. La señora de la izquierda iba con una maleta y una bolsa en la otra mano. La bolsa por causas ajenas a su voluntad, se dio de bruces contra el suelo y se esparramó todo lo que llevaba dentro. La gente le increpaba su descuido. El niño que estaba con la chica joven no paraba de llorar y ella lo ignoraba. Era más importante el móvil. El joven que estaba a su lado le llamó la atención, que hiciera el favor de hacer callar a ese niño, ya que así era imposible concentrarse en las tareas de su portátil. Volví a centrar la vista en la pareja mayor, él le hacía caricias en las manos y le hablaba mientras ella escuchaba y de cuándo en cuándo sonreía. Ella se miró al zapato.  Hizo una mueca. Los cordones se habían desatado. El vio la mueca y dirigió la mirada al mismo sitio que ella. Sonrió e intentó agacharse para hacerle el nudo. Los dos sonreían mientras el anciano intentaba agacharse. Estallaron en una carcajada serena. El señor  no podía levantarse. Y eso les provocó un ataque de risa. Me levanté con el fin de ayudarles pero cuándo estaba casi llegando el señor mayor consiguió sentarse de nuevo. Se volvieron a coger de la mano y observaron a su alrededor mientras una sonrisa se dibujaba en sus caras. Se levantaron con mucha dificultad ya que era hora de que cogieran su tren. Los vi como iban de la mano relajadamente en medio de un caos. Me daban paz y sosiego. Yo también me levanté y fui a coger mi tren. Coincidencias de la vida, el mismo tren y los tenía enfrente de mí sentados. El sacó sus gafas y se puso a leerle las noticias, mientras debatían algún que otro comentario. Ella en un momento dado, abrió su bolso y le dio agua de una botella. El bebió y acercó su cara a la de ella y le dio un suave beso en la mejilla. Dejaron vagar su vista y se fijaron en mí. Yo les sonreí, ya que me provocaban ternura y paz. Los dos ancianos me sonrieron. El cogió de nuevo las noticias y siguió leyendo. Estaban ajenos al ruido infernal de conversaciones que había en el tren. Solo existían ellos dos. En esta etapa de sus vida habían encontrado la paz y la serenidad para afrontar la vida de la mejor forma posible. Y yo había tenido el privilegio de ser un observador, y habían conseguido parar mi mundo para poder observarles y ver esa paz que desprendían. Esos guiños cariñosos y esas sonrisas. Me habían dado una lección en todos los sentidos. Miré alrededor de mí y no me gustó lo que vi. Demasiado caos. Volví a centrarme en ellos y en sus sonrisas y sus caricias. Me tocaba bajarme del tren. Había llegado a mi parada con la lección aprendida. Me acerqué a ellos y les susurré, "fue un placer coincidir con ustedes durante este viaje. Dios los bendiga durante muchos años" a lo que sonriendo, con las manos enlazadas me contestaron "ya lo hizo señor. Disfrute de su día". Bajé del tren. Los vi decirme adiós con la mano. Nunca más volví a verlos. Pero ellos cambiaron mi vida.

Apresúrate a vivir bien y piensa que cada día es, por sí solo, una vida. (Séneca)

 

lunes, 10 de agosto de 2020

LA FIERA QUE LLEVAS DENTRO

¡Manolo de mi alma y de mi corazón! Eras un  esposo amante de tú casa y de la familia. Alegre y dicharachero, siempre pendiente de que a nadie le faltara nada. Eras la viva imagen del buen marido y buen hombre. ¡Y lo eras!....eso creía yo!! Te faltaba tiempo para llamar todos los días a tú madre y después a la mía para saber si estaban bien...si necesitaban algo...las tenías encandiladas!!Mi madre solo hablaba de tí a todas horas y siempre me repetía lo mismo.."Hija con que buen partido te casaste" a lo que yo siempre respondía que era cierto, que eras encantador, trabajador y bueno. Pero también tenías veneno y pronto lo iba a descubrir.

Una tarde me propuse darte una sorpresa para agradecerte lo bueno que eras. Había preparado una cena deliciosa, con el postre que a tí más te gusta. Helado de higos al ron. Lo hice por una receta de tú abuela, que era ella quién te lo preparaba. Había encontrado dentro de un libro esta receta que sabía que te iba a encantar. Igualito que el de tú abuela. Puse el mantel que nos habían regalo las tías del pueblo cuándo nos casamos, y la vajilla que nos regaló el tío Carlos. Cogí el candelabro y puse dos velas. Estaba todo perfecto. Solo faltaba arreglarme y maquillarme un poco. Y esperar para darte o mejor dicho.....para darme....!!!!!!La gran sorpresa!!!!!!!

Estaba sentada calcetando cuándo tú abriste la puerta y me viste. Sabía que te había sorprendido al verme tan arreglada ya que te quedaste en la puerta mirándome con los ojos muy abiertos.¡¡ Sabía que te había impactado!! Me había maquillado con esmero y me había puesto mi mejor vestido. Entraste despacio y yo me levanté dejando los ovillos de lana a un lado. ¡¡Sería nuestra noche!! De pronto te acercaste y me diste un bofetón tan fuerte que caí al suelo sin comprender nada. Desde arriba me mirabas y escupías veneno. Me insultaste con desprecio. Puta fue lo más lindo que me dijiste.¡¡ Comencé a comprender que era por haberme maquillado!!¡¡Dios bendito de mi alma!! Un maquillaje te había convertido en una fiera...escupías de tanto gritar y salpicabas con tú saliva todo lo que estaba delante tuya. Tus ojos estaban inyectados en sangre y solo hacías zarandearme por el brazo mientras yo gemía y te pedía perdón. Nunca te había visto así...ese no eras tú. Estabas poseído. Intenté calmarte y explicarte...y logré que te sentaras a la mesa, mientras yo iba corriendo al baño a lavarme la cara. Tenía un ojo morado y me corría sangre por la comisura del labio. Mi cuerpo estaba magullado y dolorido, y mi alma sufría. Comimos en silencio hasta que llegó el postre. Te conté que había encontrado la receta de la abuela en un libro y te había preparado el postre que más te gustaba. Tus ojos salieron de nuevo de la cuenca y se inyectaron en sangre, tus manos comenzaron a temblar y tus gritos eran ensordecedores. Tiraste la silla y la mesa, con la vajilla que nos había regalado el tío Carlos...y volviste a pegarme. ¡Por un helado me pegaste! Me diste patadas y me escupiste, y me insultaste de la forma más rastrera que jamás había escuchado.

Me salvó el teléfono. Sonaba con insistencia y después de dar varias patadas a la mesa te levantaste a cogerlo. Tú voz cambió radicalmente. Volvías a ser el Manolo de siempre, cariñoso, atento y servicial. Asentías a todo, y te ofreciste a ir enseguida. Era tú jefe que te necesitaba, y tú solícito y atento, cogiste tus cosas, me miraste con desprecio, y me dijiste gritando que cuándo volvieras querías todo recogido. Estupefacta, recogí todo sin comprender qué demonios había sido todo eso. Primero me pegas y me vuelves a pegar, me gritas y tiras todo y...!!!Te llama tú jefe y te conviertes en un segundo, en otra persona!!!!!Ay Manolo de mi alma y de mi corazón, que paciencia tendré que tener contigo...



Esta ansia irracional de dominio, de control y de poder sobre la otra persona es la fuerza principal que alimenta la violencia doméstica entre las parejas (Luis Rojas Marcos)

viernes, 1 de mayo de 2020

LA CAMARERA. ( II PARTE DEL PIANISTA )

Se miró  en el espejo y sacó  de su bolso una vieja barra de labios roja. Tenso sus finos labios  y fue depositando a toquecitos el color nacarado de su labial. Se puso unos toques en las mejillas y lo extendió  con sus dedos. Quería dar color a su rostro. Hoy se encontraba cansado pero hermoso. El había logrado que sus ojos tuvieran algo de luz y que su corazón volviera a palpitar. Anhelaba cuándo el abría la puerta y le clavaba la mirada, una mirada triste y sin vida...sin brillo...sin esperanza. Ella solía agachar la cabeza con una triste sonrisa y él se iba a la barra y se servía una copa mientras la observaba. Sus pensamientos siempre iban en la misma dirección, " esa mujer tenía algo especial, esa mirada apagada...quizás él podría devolverle el brillo." quería rescatarla de su vida triste y anodina. Pero se daba cuenta de que a su lado sería una pobre infeliz. No tenía nada que ofrecerle, tan solo problemas. Quería a esa mujer, la quería de verdad. Y quería verla feliz, su felicidad era la de él. La noche anterior, ella estaba radiante, pletórica. Era sabedor de que su corazón había recobrado parte de su ritmo ya olvidado.

La mujer lo observaba de reojo. ¡¡Ese hombre era especial!! Callado y delicado, dulce y tierno. Pensaba que ella jamás podría hacerlo feliz. Su pasado y su presente estaban ligados a una mala vida. La suya no había sido fácil y desde muy joven alternaba su trabajo de prostituta con el del café. Con la ganancia de uno solo de los trabajos no podría subsistir. No era grato, ni le gustaba. Era un trabajo como otro cualquiera. Y él...se merecía otro tipo de mujer. A ella le gustaría hacerlo feliz, verlo radiante, pisando fuerte, demostrando que quería comerse el mundo. Su talento se apagaba en la penumbra del café. Solo lo escuchaban personas que no sabían apreciar su forma de tocar, a pesar de los múltiples aplausos. El merecía muchas cosas que ella no podía darle. Y...realmente...ella amaba a ese hombre.

El café ya estaba lleno de humo y de copas, de risas y de conversaciones cómplices. Era el momento en el que él se sentaba, con su gim tonic y su pitillo, y comenzaba a tocar. Ella lo observaba y notaba ese amor, él la observaba de reojo y pensaba... ¡¡como quiero a esa mujer!! Y las conversaciones siguieron siendo cómplices las parejas bailaban agarradas, mientras  ellos con sus miradas escalaban peldaños al cielo. Y él le ofreció su mano de nuevo, y volvió a susurrarle al oído..."canta". Y sabía que sería feliz. Era su peculiar forma de conseguir  que su corazón se acelerara. Y cantaron Tea For Two, de Blossom Dearie, a dúo, ella dulce, tierna y sensual él...embelesado y feliz. Se estaban ofreciendo  un amor puro y limpio, el amor que imaginaban que debían de entregar. Y el café estaba envuelto en una nube de humo y alcohol. Las parejas se susurraban al oído mientras ellos dos cantaban mirándose a los ojos. El tocaba para ella y cantaba bajito…ella entonaba la canción con aires melosos…dulces. Ella cantaba para él.

Y es que el amor no necesita ser entendido, simplemente necesita ser demostrado. -Paulo Coelho

miércoles, 29 de abril de 2020

EL PIANISTA

Encendió un cigarro con sus manos temblorosas y dedos amarillentos, Su piel estaba marchita y ajada, fruto de sus dos cajetillas y medias que se fumaba cada día, su gran vicio... aspiraba el humo de cada pitillo como si fuera el último que iba a fumar. Su barba blanca, tenía un cerco amarillo-ocre y su aliento destilaba nicotina y alcohol. Pero como cada noche, estaba allí, tocando el piano para deleite de su público. Veinticinco años llevaba tocando en el mismo local, Armstrong, donde habían conseguido que se sintiera como en su propia casa.  A un lado del piano un cenicero y en el otro un gin tonic de ginebra Tanqueray. Sus dedos comenzaron a recorrer el piano ágilmente y su mente comenzaba a despejarse. Era como un chute de adrenalina que de pronto hacia posible esa magia.  Tocaba el piano y el mundo se paraba para escucharlo. Se sumergía en el mundo de las notas y acordes. Sus manos volaban...casi no tocaban las teclas, su espalda relajada pero firme y su presencia, su sola presencia llenaba el escenario. Entre una obra y otra pegaba unas caladas al pitillo y unos sorbos al gin tonic y volvía a reanudar sus noches mágicas cargadas de emoción y placer, y la miró...como todas las noches...la miró. A pesar de los años que ella llevaba allí trabajando a él le seguía impactando su belleza...su talante serio y su aire misterioso le embelesaba. Su pelo siempre recogido en un moño deshecho, aunque a primera hora de la tarde estaba impoluto. A veces se apoyaba en la barra y sencillamente lo escuchaba, era el pequeño placer diario. Escuchar las notas de su piano que él sabía magistralmente hacer que fueran un deleite para cada una de las personas que allí estaban. Comenzó a toca Deed I Do, de Blossom Dearie, y le guiñó un ojo. Se levantó y fue a buscarla. Con una delicadeza inusual, le dio el micrófono y al oído le susurró que cantara. Era su canción preferida. El se la había oído cantar muchas veces mientras él tocaba. Hoy, quería que ella le acompañara. Sus manos agarraron el micrófono de forma sensual y comenzó a cantar. Los dos iban en sintonía y ella estaba disfrutando, sus miradas eran cómplices y denotaban cercanía y placer. Placer de cantar juntos, placer de compartír.Sus miradas se cruzaban y él movía lentamente su cabeza al ritmo de la canción. Se sentía orgulloso de ese momento. Ella disfrutaba del momento, con movimientos delicados y lentos, se movía al ritmo de la canción.  El público aplaudió reiteradamente, él se levantó e hizo una reverencia ante ella. Era su canción, era su público, era su momento. Ella dio las gracias ruborizada, agradeció los aplausos y a él lo beso en la mejilla por la oportunidad que le había brindado. Se atusó el pelo y se acercó a la barra. Cogió la bandeja y siguió con su tarea de atender las mesas.

 Pero ella a partir de ese momento fue distinta. Ese misterio seguía habitando en su ser, pero había una alegría oculta, una frescura que antes estaba aparcada. Cada noche, esperaba ansiosa, a que él le ofreciera su mano y la llevara de nuevo al lado de su piano, al lado de él, y entonar juntos, cómplices, Deed I do. Sus miradas se encontrarían de nuevo y la pasión oculta y la complicidad lograrían que esos momentos mágicos volvieran a llenar su corazón de alegría.

Triste puedo estar solo, para alegre, necesito compañía. Elbert Hubbart