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martes, 18 de abril de 2017

EL NIÑO ASESINO


El inspector contemplaba el cuerpo inerte de la joven. Permanecía acostada en la cama, cuán una frágil muñeca. Tenía un rictus de dolor en su rostro, y el pelo negro como el azabache, alborotado. Era de una belleza que impresionaba, aún después de muerta. Delgada, casi podía decirse que extremadamente delgada. Sus dedos eran largos y huesudos. En uno de ellos llevaba una alianza y en la otra mano llevaba un brillante del tamaño de un garbanzo. Lo más curioso era contemplar la escena que presentaba la habitación. Todo estaba pulcramente arreglado y limpio, nada revuelto, sin embargo al inspector le daba la sensación de que en la habitación había ocurrido algo.

Se puso los guantes y comenzó a inspección detalladamente la habitación y después a la fallecida. No encontraba nada inusual que le hiciera pensar que había sido alguna causa natural... Sin embargo, algo le decía que en esa habitación había ocurrido  algo extraño. Su instinto le decía que debería de investigar en profundidad y algo encontraría.

Se acercó al salón de la casa, donde estaban el hijo pequeño y el marido de la difunta. El hombre tenía a su hijo en brazos, acurrucado, como si de un bebé se tratase. Los dos tenían los ojos llorosos y parecía que el dolor era real, Pero había otra vez algo, que volvía a descolocar al inspector. Se acercó al niño y se sentó a su lado. El padre, le limpió las lágrimas y le dijo que se fuera a su habitación. El niño abandonó la habitación no sin antes, lanzar una mirada de odio al inspector, cosa que para él no pasó desapercibida. Le preguntó qué había ocurrido, a lo que él contestó, que cuándo llegó de trabajar se encontró con su mujer muerta en la habitación. Cuándo iba a comentarle que quería hablar con su hijo para que le dijera si había visto algo, entró el forense en el salón y comentó que había que hacer una autopsia, pero que a la mujer le había dado un infarto. El dueño de la casa les pidió respeto y si podían abandonar el domicilio para poder llorar a su mujer con su hijo sin extraños por el medio. Todos comenzaron a realizar su trabajo y pronto la casa quedó vacía y en silencio.

El hombre llamó al hijo. El niño se acercó a las escaleras y se quedó mirando a su padre desde arriba. El hombre lo miró y le dijo que bajara. El fue bajando lentamente las escaleras mientras el padre lo miraba. Se notaba mucha tensión en el ambiente e incluso miedo por parte del progenitor. El padre le gritó que había pasado con su madre. El niño contestó que por fin lo había conseguido. Les había dicho que los mataría y ya había matado a su madre. Ahora solo faltaba él. Y sacó de su bolsillo trasero un cuchillo de grandes dimensiones. El padre aterrorizado se levantó y quiso comenzar a correr hacia el niño con las mismas intenciones que él crio tenía. Pero no le dio tiempo. Cayó desvanecido en el suelo. Le estaba dando un infarto y le pidió a su hijo la pastilla. El niño permaneció a su lado, mirándolo, con cara de oído y enseñándole el cuchillo y pasándoselo por la garganta.

- Igual que tú murió ella.

El padre gritó de dolor y tardo instantes en morir.

Mientras el niño contemplaba la escena y cogía el teléfono para llamar a la policía, y llorando dijo que su padre acababa de fallecer en las mismas circunstancias que su mamá, y los dos con pocas horas de diferencia.

Después se secó las lágrimas ficticias y se acostó al lado de su padre en el suelo y rompió en una tremenda carcajada.

La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad.
Joseph Conrad (1857-1924) Novelista británico de origen polaco.

jueves, 30 de marzo de 2017

INTUICION

La felicidad tiene un nombre: vacaciones. Estábamos todos nerviosos y la alegría nos desbordaba. Maletas por aquí y pelotas por allá, botines y juegos. Lo que es preparar unas vacaciones con hijos y pequeños para más complicación. Habíamos alquilado una casita en las afueras de un pueblecito costero. No había casas cerca por lo que para nosotros eso era muy cómodo ya que mis cuatro hijos juegan y alborotan y no me gustaría que molestaran a los vecinos. Por eso esa casita nos resultó ideal. Hablamos con los señores y nos pareció todo perfecto. Era un matrimonio mayor que alquilaba esa casita en épocas de vacaciones. Yo llevaba un año muy estresada, ya que soy una mujer que presiente cosas. Nadie me comprende, pero cuándo algo malo va a suceder...yo lo presiento e incluso la noche anterior lo sueño. Y este año había presentido demasiadas cosas y me encontraba mentalmente agotada. Y si a eso le sumamos mis dos preciosidades de niños...estaba exhausta.

Nos montamos todos en el coche y emprendimos la marcha. Eran bastantes horas de viaje pero como los niños iban muy contentos nada nos importaba. El viaje se hizo ameno y entretenido. Cuando llegamos nos estaba esperando un matrimonio mayor con un candelabro como única luz. Los niños gritaron que les daban miedo y que ellos no salían del coche, pero a mi me resultó muy entrañable ver a los dos abuelitos esperándonos a la luz del candelabro y la casa toda encendida. Se veían a través de las ventanas las cortinas en cada una de las habitaciones. Bajamos del coche y hablamos un ratito con ellos. Nos habían preparado la cena porque sabían que llegaríamos tarde, cosa que les agradecí mucho ya que no contaba con ello. Les dimos las gracias y mi marido se quedó un rato hablando con ellos mientras yo pasaba con los niños. Ya se respiraba ambiente de tranquilidad y paz. Los niños entraron a carreras en la casa y miraron todo en dos segundos. Yo dejé las bolsas y fui mirando poco a poco todo. Era una casita preciosa. La tenían muy bien decorada para ser un matrimonio mayor. En el salón había una pequeña chimenea decorada con un montón de fotos encima de los que debían de ser sus hijos. Había muchísimas fotos por todas partes. Tendrían que ser inquilinos que habían pasado los veranos con ellos. Mi marido entró y ya todos juntos celebramos las vacaciones con gritos de júbilo. Eran las primeras vacaciones todos en familia. De pronto se oyeron golpes en cada una de las ventanas y en la puerta. Nos levantamos alarmados y fuimos a una de las ventanas. Había barrotes y era como si se hubiese puesto algo delante de la ventana. Fuimos recorriendo una por una y a la puerta y lo mismo. No se podía salir. Nos habían encerrado dentro de la casa. ¿Pero...quién? ¿Los abuelitos cándidos y amorosos que nos esperaban a la luz del candil? Nos sentamos en la mesa horrorizados. Era imposible lo que nos estaba ocurriendo.

Decidimos esperar al día siguiente, y nos acostamos. Los niños enseguida cayeron rendidos Cuándo ya dejamos de oírlos hablar, Comenzamos a abrir las ventanas y había metal en ellas. Era imposible quitarlo. Fuimos a la puerta y lo mismo. Había otra puerta de metal, anchada a la casa. Cuando llegamos era d noche por lo que solo vimos las ventanitas con las cortinas. Efectivamente así era. Pero... ¡los cándidos abuelos nos habían encerrado en una casa de hierro! Y esas fotografías no eran de familiares suyos, eran de matrimonios a los que les habían hecho lo mismo que a nosotros. Los habían encerrado y terminado con sus vidas. Golpeamos el metal hasta hacernos daño. Nuestras manos sangraban abundantemente. Estábamos aterrados. No teníamos escapatoria. ¡Eran unos locos degenerados y nos habían encerrado para disfrutar viéndonos morir!

De pronto oí a mi marido decirme

- Fíjate, dos personas mayores están esperándonos a la luz de un candil, como antaño.

Y fije mi viste en lo que él me decía. ¡Lo había soñado! Grité como una desesperada que diera vuelta. Mi marido dio un giro sabiendo que si yo le decía eso era por algo importante.


 Ese era el futuro que nos esperaba. Gracias a Dios, mi presentimiento nos hizo dar la vuelta.


La intuición es una facultad espiritual, y no explica, simplemente muestra el camino. Florence Scovel.


lunes, 20 de marzo de 2017

DIA DEL PADRE.TE EXTRAÑO

Ya va a hacer 17 mese  que te fuiste papa...
Y por aquí todo sigue igual...
Echándote de menos...
Cada día un poco más...

Mamá va a la peluquería,
Y les dice que la tienen que peinar...
Y dejarla lo más bonita...
Porque una cena tiene con un galán...
Su querido y amado marido...
Y es que de ti...
No se puede olvidar...
Para que engañarte...
A ratos nada  más...

La vida sigue sin ti papá...
Pero ya nada es igual...
Todo me parece triste...
Y eso que aún está mamá...
El día que ella se vaya...
No sé como lo voy a encajar...

Mamá a ratos ya no distingue la realidad...
Pero eso ya sabíamos que iba a pasar...
Quedó aquí una dura tarea...
Que su factura me va a pasar...
Si estas en alguna parte...
Haz una señal...
No paro de decírtelo...
Pero sigo pensando que tú no estas...
Esto se acabó y nada más…
Ni cielo ni infierno…
Ni nada que esperar…
Un vacio infinito…
Que nadie lo puede llenar….

Te extraño en el día del padre.

ME MUERO.




"Sé que estás ahí. Te presiento. Lo hago desde hace un tiempo...pero ya  me eres indiferente. Me cansé de centrar mi vida solo en ti. Todo giraba alrededor tuyo. Mi vida eras tú. Pero ya se terminó. Mi vida es mía y me pertenece hasta que Dios quiera y tú no vas a ser el eje sobre el que yo gire. Tú formarás parte de mi vida pero nada más. Eres negra y oscura, hueles a podredumbre...todos te temen...pero formas parte de nuestras vidas. Nacemos y morimos. Sé que me acechas...lo sé, pero no pienso rendirme. Te lo voy a poner complicado. Voy a vivir felizmente mientras pueda y se terminó el pensar en ti."

Andrés era una persona hipocondríaca a tratamiento muy fuerte. Siempre pensaba que las enfermedades peores y más mortíferas las tenía él. Vivía toda su vida con ese eterno miedo al vacio...a la muerte...al no saber...

Toda su vida a tratamientos....depresiones...llantos y miedos. Su vida se perdió en un camino lleno de sufrimientos y miserias.... Siempre se iba a morir y tenía una enfermedad incurable. Sufrió lo inimaginable. Todo giraba en torno a las enfermedades y la muerte. El centro de su vida eran sus enfermedades inexistentes.
 Se encerró en casa durante muchos años para no contagiarse de nada...se lavaba sus manos 30 veces al día, si salía lo hacía con mascarilla, para no contagiarse de ningún virus. Su existencia era un delirio. Su padre murió y no pudo acudir al hospital. Lloró de impotencia y rabia pero su enfermedad era más fuerte que él. Escuchó comentarios hirientes de sus hermanos por no acudir a despedirlo. Pero no podía. El miedo y el pánico lo sumían en la más profunda de las desesperaciones... Sus pulsaciones se aceleraban y toda una cadena de síntomas parecía atacar todo su cuerpo. Y...se paralizaba. Se quedaba a solas con su miedo. Y su vida se perdía en medio de ese sufrimiento constante, esas taquicardias permanentes y esos sudores imposibles de aguantar, llantos, más llantos, y una vida vacía y llena de sufrimientos.

Hasta que llegó el día en que le dijeron que tenía una enfermedad terminal. Un mes como mucho.  Todo hubiese sido de otra forma si hubiese acudido antes al médico. No le habría pasado nada. Pero ahora ya era muy tarde, no tenía solución. El fin era irremediable.

Y Andrés....sintió alivio. ¡Por fin! Tantos años temiéndola...tantos años que parecía que la llamaba y ahora... ¡estaba ahí! El alivio se convirtió en tranquilidad. Nadie lo entendía pero él no buscaba ya el entendimiento de nadie. Buscaba su propia paz. Y por fin lo había conseguido. Ahora tenía ganas de vivir y de enfrentarse a la vida. Enfrentarse a sus miedos sabiendo que los tenía controlados porque...lo acechaban y lo buscaban. Y ahora sí que no tenía escapatoria. La certeza lo relajaba...el miedo había desaparecido y dado paso  a la hermosa vida que siempre había temido.

Vivió mes y medio y cada día fue intenso y lleno de paz. Hizo cosas que jamás pensó que fuera capaz de hacer. Vivió intensamente ese tiempo...sin miedo. Fue al cementerio a hablar con su padre, a decirle que se iba a ir con él y que lo perdonara. Fue al hospital a ver a un amigo, a la playa....a tomar el sol...ese sol cancerígeno y se bañó en esa agua infestada de plomo y porquería. Se sentó en terrazas a tomar un refresco sin limpiar el vaso ni agarrarlo con una servilleta. Se sentía feliz...muy feliz....a pesar de que su gran miedo lo acechaba. Pero estaba tranquilo. Quería vivir el tiempo que le correspondía lleno de paz y serenidad. Su miedo había desaparecido.

 – “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. – Antonio Machado (1875-1939), poeta español


lunes, 13 de marzo de 2017

MI ACOSO ESCOLAR

"Anita contemplaba los cables y los aparatos que la rodeaban horrorizada. No comprendía como todo se le había escapado de las manos y terminado de esta manera. ¿Qué había ocurrido?  Miró a su alrededor y vio a sus padres hablando con el médico. Les sonrió. Papá y mamá tenían caras de preocupados ¡y no era para menos viendo como estaba ella rodeada de aparatejos médicos! Seguro que estaban asustados. Su sonrisa seguro que iba a evitar una bronca por lo que intentó llamarlos y lanzarles un gran beso. Pero se quedó todo en un intento. Tenía la cara hinchada y le dolía mucho un ojo. ¿Que diantres había ocurrido para que ella estuviera ahí en el hospital? No recordaba casi nada. Tenía que esforzarse y recordar antes de que llegaran papá y mamá y no tuviera respuesta. ¡Seguro que se había caído por algún terraplén queriendo escalar! Le gustaba mucho coger a su perro y marcharse los dos al monte que había cerca de casa. Ahí subía y bajaba y escalaba los árboles con Tizón, su gran y fiel amigo. De pronto...algo le vino a su pequeña cabecita y comenzó a recordar lo ocurrido. No....no había ido a escalar. No...No se había caído. Estaba así por sus compañeros de clase. Comenzó a recordar y a temblar. Alguno de los aparatos que tenía conectados comenzó a sonar y vinieron corriendo sus padres y él médico que allí estaba. Mamá acariaba mi mano y papá me daba besos. Tenía miedo. Mucho miedo. Recordó todo. Como le habían pateado la cabeza y la barriga. Como cuánto más le dolía y más se retorcía sus compañeros más gritaban que le pegaran más fuerte. Lloraba y balbuceaba que la dejaran ya, pero eran fieras  en manada. Y todo porque decían que era muy callada, que así la iban a espabilar. Espabilar no sé...pensó Anita pero llevarme al hospital sí.

Y pasé muchos días en el hospital. Y perdí la visión de mi ojo derecho y un riñón. Y mi vida ya nunca más seria la misma. Odiaba a esos niños y todo el mal que me habían provocado. Los expulsaron del colegio y ella ya no los veía allí. Pero si por la calle. Y lejos de escaparse  por el daño que le habían Hecho...se seguían riendo de ella. ¡Era como si tuvieran el demonio dentro! Eran realmente malos y crueles. Papá no la dejaba nunca ir sola a ninguna parte. Siempre iba en compañía de alguien. Era injusto... ¿porque era su vida la que había cambiado y la de ellos no? ¿Porque era ella la que tenía que sacrificar su vida y ellos seguían haciendo de las suyas? Mi hermano mayor estaba muy enfadado. Papá no lo dejaba salir conmigo porque decía que si los encontraba les iba a hacer lo mismo. Yo le decía que terminaría sin puños porque ¡eran seis los que me habían pateado!

Habían pasado ya tres meses del ataque cuándo mi hermano me metió en la habitación y cerró la puerta. Me interrogó durante mucho tiempo hasta saber cómo era cada uno de los seis atacantes. Osea...de los seis niños. ¡Eran niños igual que yo! Pero su comportamiento era salvaje. Y parecía que mi hermano tenía ideado un plan. Solo le hacía falta que un día papá le dijera que me llevara él al colegio.

Y ese día llegó. Papa estaba enfermo con gripe y le pidió a mi hermano que me llevara al colegio que él tenía mucha fiebre. Y Diego se vistió y me dio la mano fuertemente.

Los vimos de lejos y venían los seis juntos. Como siempre. Se iban acercando y riéndose. Pero ya no me tocaban. Solo se reían de mí y se mofaban. Cuándo pasaron a nuestro lado Diego le metió la zancadilla a Pedro. Pedro era el jefe del grupo, por definirlo de alguna forma. Cuándo se vio tirado en el suelo comiendo el polvo arrancó en gritos salvajes. Pero mi hermano era mayor y más listo. Lo agarró por la chaqueta y le dijo bajito:

- Atrévete conmigo canijo. Si la vuelves a tocar o a reírte de ella acuérdate de mí.

Pedro lo miró y se rio y cuándo mi hermano se dio la vuelta, le dio una patada en toda la pierna. Diego se dobló dolorido y gritó:

- ¡Tizón ataca!

Tizón estaba sentado donde lo habíamos dejado. Era muy obediente. Y al grito de mi hermano vino corriendo a morder a mis antiguos compañeros. Les rompió los pantalones a todos porque con Tizón sí que no podían! Y tizón daba vueltas y mordía a unos y a otros mientras empezaban a correr llorando. Unos cojeaban...otros se subían los pantalones...a otros les sangraba levemente una mano...mientras mis compañeros de clase...habían hecho un corro alrededor nuestras y se reían sin cesar.

Ahí se terminó la historia de mi bulling. Tizón y mi hermano me habían salvado. Nunca os dejéis pegar por nadie. Todos somos iguales y no merecemos que nadie nos levante la mano. Buscar soluciones...hablar con los mayores...ellos sabrán buscar las salidas para estas actitudes salvajes. Hoy ya tengo 17 años y aquello lo recuerdo como algo lejano. Pero mi ojo...me sigue recordando que salvajes los hay en todas partes y que la mejor solución es atajarlo a tiempo. Y...cómo? Hablando con nuestros padres. Ellos sabrán que hacer."


Dedicado a todos los que estáis sufriendo acoso escolar o cualquier otro tipo de acoso. Nunca os rindáis. Nunca tiréis la toalla ante una pandilla de cobardes que lo único que les divierte es hacer el mal. Confiar en vuestros padres. Nunca os lo calléis. Los padres merecemos saber del sufrimiento de nuestros hijos y ponerles remedio. Confiar en nosotros...os ayudaremos.