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lunes, 4 de marzo de 2019

EL DIABLO SE VISTE DE ROSA

Mi madre siempre me decía que de pequeña, era una niña caprichosa y que todo lo quería comprar. Eso es una estupidez. Todos los niños lo quieren todo, yo no era distinta a los demás. Cuando fui creciendo, ella siempre me recalcaba que siempre quería todo y que no podía ser. Mi madre pecaba de ser muy pesada y cansina. Volvemos a repetir lo de siempre. ¿Quién no quiere comprar cosas? Era una adolescente y para rematarlo muy guapa. Necesitaba comprarme cosas, mi pelo tenía que lucir siempre impecable y mis uñas perfectas. Parecía que mi madre no comprendía que la belleza hay que cuidarla y trabajarla, nadie regala nada. Pero ella erre con erre que ¡no podía gastar tanto en mí! Vaya estupidez, para eso está trabajando. Yo nunca pedí venir a este mundo, y si ella fue la responsable de que yo esté aquí, ahora su responsabilidad es cuidarme y colmarme de caprichos. A veces, la miro de reojo y la veo mirándome de una forma extraña, observándome...como si quisiera leerme el pensamiento. ¡Imposible!. Mis pensamientos me pertenecen y no los pienso compartir. Menos mal que mi padre es distinto. El sabe de mi belleza y atractivo, sabe que debo de cuidarme, la belleza te abre muchas puertas, y yo estaba dispuesta a que empezaran a abrirse en menos de que canta un gallo. Me estaba hartando de aguantar a mi madre, y lo que salvaba la situación era mi padre que era un santo. Nada que ver con mamá. Todo lo que yo le pedía me lo traía inmediatamente. El era bueno y amable, dispuesto a ayudarme en todo, dispuesto a hacerme la vida agradable y feliz. ¡Lo adoraba!

Una tarde de verano, en la que hacía un calor sofocante, estaba yo refrescándome en la piscina. Papá y mamá entraron en el jardín y se sentaron en la mesa. Estaban hablando, susurrando casi. Yo estaba en el agua pegada al bordillo e intenté agudizar el oído. No me gustaba cuándo susurraban. Mamá le estaba diciendo a papá que no podía consentirme todo, que dejara el miedo a un lado y se enfrentara a mi. ¡Será pendeja la muy mala! Estaba poniendo a mi padre en contra de mí!!!!! Papá le decía que me tenía miedo, que lo mejor era darme todo lo que pedía y que ella tenía que hacer lo mismo. ¡¡ Vaya vaya!!! Estos tortolitos se estaban desmadrando. Y acto seguido comenzaron a hablar de otros temas más interesantes. La herencia. La rica herencia que me esperaba en cuánto ellos faltaran. Sería libre de comprarme cuántas cosas quisiera sin dar explicaciones ni poner cara de ñoña. Tendría el mundo a mis pies y  lo tendría todo. Belleza y dinero. No podía esperar mucho para poner mi plan en marcha. La ansiedad ya me estaba devorando por dentro. Estos dos estúpidos tenían que desaparecer del mapa. Llevaba años planeando como iba a hacerlo. Estaba todo atado y bien atado. A pesar de ser joven, esta idea la llevaba maquinando en mi cabeza desde que era una niña. 

El día elegido, me vestí de rosa. De arriba abajo. Zapatos vestidos y bolso. Era un color que mi madre odiaba, se lo dedicaría en su último día. Sabía que se servirían por la noche un whisky, el cual yo había "edulcorado" previamente. Cuándo ya llevaban media hora los dos solos, tomando su bebida fresquita, hice yo mi aparición. Iba preciosa. De rosa de los pies a la cabeza. Mamá me miró y enseguida se dio cuenta que era el día elegido por mi para que desaparecieran de mis vidas. Tiraron los vasos al unísono, y se tiraron los dos en el suelo retorciéndose, pero lo último que vieron, fue a mí...vestida de rosa. Impoluta. Impecable. Hermosa. Libre.

¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) Escritor británico.

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