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lunes, 14 de agosto de 2017

EL MATRIMONIO PERFECTO



Marta y Juan eran una pareja aparentemente normal. El era uno de los pocos fotógrafos del pueblo, al que la gente le tenía una gran estima, y Marta era su mujer, ama de casa y mujer muy devota y siempre dispuesta a ayudar al prójimo. Los domingos acudian a la iglesia con sus dos niños y ella ayudaba en todos los menesteres que el párroco proponía. Los martes y jueves cosían, los lunes y miércoles hacían mercadillos para recaudar dinero para la gente más necesitaba. ¡Eran el ideal de matrimonio.

Vivían en las afueras, en una casa grande, con un jardín que Marta arreglaba diariamente con delicadeza y cuidado. Eran amantes de las plantas y los animales, eran amantes de la vida y de ayudar al prójimo.

Pero esta pareja era muy peculiar, y detrás de esa imagen de gente honrada y buena...aparecía la maldad, el histerismo, la crueldad más insólita. Eran la pareja perfecta para la hazaña que llevaban en común. Ninguno de los dos sabía lo que era la piedad, y se escondían detrás de una imagen inmaculada, totalmente calculada.


Cuándo la casa estaba en completo silencio y ya la noche envolvía todos los rincones del hogar, ambos bajaban las escaleras que daban al sótano lentamente. Llevaban una bolsa en sus manos. Era como un ritual. Todas las noches hacían lo mismo. Ni que decir tiene que ese espacio era de ellos dos, sus hijos tenían prohibido bajar terminantemente, y como buenos hijos, no lo hacían nunca. Allí estaba su gran secreto, el secreto imposible de sacar a la luz.

Abrieron una puerta y comprobaron que ninguno de sus hijos estaba allí. Toda prudencia era poca. Cerraron con llave y se quedaron en una habitación pequeña, donde había otra puerta, mucho más gruesa. Metieron la llave y dentro se oyeron ruidos, pero al entrar ellos, el silencio envolvió la habitación de nuevo. Encendieron una luz tenue que permanecía todo el día apagada hasta la noche. La crueldad más inhumana estaba ocurriendo en esa habitación, donde dos personas aparentemente normales, estaban llevando a cabo algo inimaginable.

Observaron la habitación y Marta refunfuñó. Había mierda por todas partes. Todo era un asco, y el olor era insoportable. Pero lo que no estaba dispuesto es a limpiar esa porquería. Eso lo tenía muy claro. Observó las dos caras que la miraban desde sendos colchones. Sus ojos denotaban cansancio y miedo. Mucho miedo. Marta abrió la bolsa y tiró a cada cama un trozo de pan, unas piezas de fruta y una botella de agua para cada una. Ambas cogieron los alimentos apresuradamente y agarrando el pan con las dos manos comían como si nunca hubiesen visto comida. Sabían que hoy tenían eso...pero los siguientes días igual no comían ni un miserable trozo de pan. Ella las observaba con una muesca de asco y Juan se acercó a la más joven y le dio una patada. Porque sí. Porque ahí mandaban ellos y se hacía lo que ellos decían y lo que ellos querían. Ese arranque de violencia envalentonó a Marta e hizo lo mismo con la persona de la otra cama. Las dos lloraban y gemían, mientras ellos reían. Reían de forma estrepitosa, Marta giraba alrededor de sí misma  escupiendo saliva y gritando. Los insultos cuánto más alto y as fuertes mejor. Era algo placentero para ella, pegar, escupir y maltratar a las personas que allí estaban. Solo él y ella sabían de su existencia, y disfrutaban haciéndoles daño. Juan cogió el palo de la escoba y comenzó a darles pequeños golpes a una de las mujeres, a la más joven, mientras ella se iba cayendo hacia atrás y a la vez comiendo. La alegría al verlas sufrir era un revulsivo para su maldad, danzaban alrededor de sus cuerpos con risas descontroladas, mientras las dos mujeres se acurrucaban en la esquina del colchón. El saco su cámara fotográfica y como hacía una vez al mes, les sacaba fotos mientras Marta proseguía con sus actos violentos.

Cuándo las risas y las maldades los dejaron exhaustos, se colocaron las ropas. Atusaron sus cabellos y apagaron la luz. Abrieron la primera puerta y al salir de allí, su imagen era otra. La de un matrimonio serio y formal. Salieron de la mano por la segunda puerta y accedieron a la cocina. Allí le dio un beso a su mujer y se fue al cuarto de revelar las fotografías. Era un cuarto grande. Las paredes estaban llenas de fotos. Casi todas eran iguales. Una señora mayor y una joven. También había carteles pegados debajo de cada fotografía. Eran mujeres que desaparecían y que nunca eran encontradas. El gran secreto del matrimonio, la gran diversión, la cara más amarga de la maldad, de dos seres ruines y perversos. Cientos de fotos inundaban ese cuarto. Mujeres desaparecidas y jóvenes eran las protagonistas de esta historia. Nunca nadie sospecharía de ellos. Lo habían planeado todo y...su hermoso jardín...cada seis meses, tenía un abono muy especial.

La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto. (Johann W. Goethe)

4 comentarios:

  1. ¡Qué horror! Realmente has escrito un relato atrapante, con visos de realidad, lo que te deja mal cuerpo.
    Saludos

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  2. Bueno, pero no había violencia entre ellos, y eso es bueno, ¿no?

    Ironía aparte, buen relato, bien llevado hasta el final.

    Saludos,

    J.

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  3. Respuestas
    1. Yo. Si usted lee la cabecera del blog, leera que todos los relatos son invención mia.Un saludo.

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