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miércoles, 16 de noviembre de 2016

SIEMPRE ALGUIEN TE VE

Mi madre solía decirme de pequeño, que siempre alguien ve lo que hacemos. Aunque creamos que estamos solos...siempre alguien nos ve...o desde una ventana o agazapado detrás de un coche. Y eso lo tenía yo siempre presente cuando hacía algo "malo". Menos ese día.

Aquel día tenía una cena de empresa. Era una noche fría y lluviosa, típica de nuestra región, Galicia. Eran las tres de la madrugada cuándo acabamos la reunión. Dudamos entre coger el coche o pedir un taxi, pero la mala suerte hizo que al ver la lluvia rápidamente nos metiéramos cada uno en nuestro coche y ni lo pensáramos más. Yo había bebido, quizás no bastante pero para mí lo suficiente ya que no suelo beber. Entre en el coche y miré la hora. Las tres en punto de la madrugada. Al día siguiente tenía una mañana muy liada en el trabajo. Y tenía que ir a buscar a las niñas al colegio, ya que María mañana tenía una conferencia. Yo pensaba en esas pequeñas cosas que hacen el día a día, sin darme cuenta de que iba a bastante velocidad para haber bebido. De pronto noté un golpe muy fuerte. Como si hubiera atropellado a un animal. Paré el coche inmediatamente y salí. Llovía a raudales. No veía nada. Me iba tambaleando por la carretera. Cogí el móvil y día luz. Nada. Estaba demasiado oscuro y la lluvia entorpecía  mi visión. Reconozco que estaba tocado por la bebida por lo que me monté de nuevo en el coche y di marcha atrás. Mi coche alumbró la carretera. Y fue cuándo lo vi. Estaba allí tirado, en el medio de la carretera. Se me congeló la sangre y no sé ni lo que pensé en ese momento. Salí del coche y me acerqué lentamente. Estaba aterrado. Era una mujer joven. La mire a través de la lluvia y me agache gritando desesperado. Estaba muerta. No había ninguna duda. Miré a la joven y vi que sus ropas eran harapos, por lo que intuí que era una mujer que vivía en la calle. Llevaba un calcetín roto y el otro le faltaba. Varios abrigos unos encima de otros y todos rotos. En segundos me dio tiempo a abarcar lo que en otro instante no hubiera pasado desapercibido para mí. Decidí meterme en el coche de nuevo y marcharme. La dejaría ahí tirada. Ya nada se podía hacer por ella, y seguramente no tendría familia que la reclamara. Antes de entrar en el coche, la arrimé hacia la cuneta. La miré llorando y le pedí perdón. Había bebido, sí, pero no iba a tirar mi vida también con la de ella. Entré en el coche y me marché.

La peor noche de mi vida fue ese día. Lloré en silencio y la angustia parecía que quería apoderarse de mi alma. Me atormentaba el remordimiento pero era lo mejor que podía hacer, sino quería tirar mi vida a la basura. Me levanté de la cama varias veces y fui a ver a mis hijas. Dormían plácidamente, sabiendo que su padre siempre cuidaría de ellas. Hasta ese día había sido un buen padre, un buen esposo y un buen hombre. Me había convertido en un instante en un asesino. Había matado a una persona por mi imprudencia. Mi mente luchaba contra mis pensamientos, y mi corazón tenía que permanecer frío, calculador. No podía dejarme llevar por las emociones. Tenía que controlarme. Un sudor frío recorría todo mi cuerpo y hacía que mi cuerpo se agitara de ansiedad y miedo. Decidí permanecer en silencio y no decir nada. Llevaría el coche a arreglar por la mañana. Nadie debía de enterarse de lo ocurrido. Miraría los periódicos a diario por si salía alguna noticia pero no podía contárselo a nadie.

Por la mañana me levante como otro día cualquiera, pero yo no era la misma persona de otro día cualquiera. Y eso solo lo sabía yo. Leí las noticias y por supuesto era demasiado pronto para que apareciera nada en los periódicos. Mi día transcurrió como otro día normal...aparentemente. Pude manejar mi ansiedad y mi miedo. Llevé el coche a limpiar y después al taller. Temblaba cuándo dejé el coche a arreglar. Le comenté al chapista que había atropellado un jabalí la noche anterior. No es algo anormal en las carreteras, y él pareció que lo daba por bueno.

Mis días eran lentos y angustiosos, hasta que a los cuatro días apareció la noticia. Una joven había aparecido muerta en la carretera, posiblemente atropellada. La mujer se dedicaba a la mendicidad y era extranjera. Ahí se terminaba la noticia. Respiré hondo y pensé que todo terminaba ahí. En un papel de periódico donde no se le daba más importancia.

Estaba equivocado. La frase de mi madre cobró protagonismo los días sucesivos para mí. Siempre alguien te está mirando.

Al cabo de 10 días, se presentó en mi casa un hombre de mediana edad. Vestía pobremente y pensé que era alguien pidiendo de comer o dinero. Pero no. Me dijo que quería hablar conmigo. Mi corazón se aceleró y de nuevo ese sudor frío y agobiante recorrió mi cuerpo. Notaba el corazón en mi garganta y  latidos  acelerados. Temblaba cuándo abandoné la puerta de mi casa para salir al jardín a hablar con el hombre.

Se llamaba Raimon. Y era la pareja de la mujer que yo había atropellado. Lo vio todo. A mí, a mi coche, mi matricula. Todo. Vio como me tambaleaba hasta llegar al cuerpo de su novia y me oyó gritar. Y ahora comenzaba lo que para mí iba a ser otra parte de mi pesadilla. O le daba dinero todos los meses o iba a la policía. Sería mi seguro de vida. Dinero a cambio de su silencio. Asentí en silencio y le dije que iríamos al banco. El se sentó en el porche y yo entré en casa. No había nadie. Yo acababa de llegar cuándo el hombre llamó, pero a esa hora las niñas estaban en el colegio y mi mujer pasando consulta. No lo pensé. Fui derecho a la chimenea y cogí un reloj de mármol que nos había regalado cuándo nos casamos. Era un reloj pesado. Salí y cuándo Raimon se dio la vuelta lo único que vio fue el reloj dirigirse hacia su cabeza una y otra vez. Esta vez nadie podía vernos, ya que mi jardín estaba amurallado y nosotros estábamos dentro. Aun así...miré para todas partes. Era imposible que nadie nos viera. Los setos separaban nuestras casas. Y de pronto...vi la cara de mi hija mayor, aterrada, mirando desde la ventana. Siempre alguien te ve...

Ese día mi hija no había acudido al colegio por estar con fiebre. Y...lo vio todo. Fue el principio de mi fin. Lo tenía todo y lo perdí todo por mi mala cabeza y mi mal hacer. Si desde el primer momento hubiese confesado...no hubiese sido lo mismo...si hubiese mirado bien...hubiese visto a Raimon...hubiese visto que en todo momento...alguien me miraba.


“El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.”
Oscar Wilde


2 comentarios:

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